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1 de Octubre de 2014
Matemáticas

Cien años con Martin Gardner

El genial autor de la columna «Juegos matemáticos» habría cumplido este mes cien años. Su obra aún inspira a profesionales y amantes de las matemáticas recreativas.

En síntesis

Martin Gardner escribió durante veinticinco años la columna «Juegos matemáticos» de Scientific American (sus artículos fueron publicados en Investigación y Ciencia a partir de 1976). Este mes, el genial divulgador habría cumplido cien años.

Gracias a un formidable intelecto, Gardner logró hacer accesibles al gran público todo tipo de cuestiones matemáticas de primer orden, como la criptografía RSA, el juego de la vida, los fractales o los embaldosamientos de Penrose, entre otras.

Generaciones de matemáticos profesionales y aficionados han reconocido haberse inspirado en las columnas de Gardner. Durante años, comunidades enteras de seguidores se han dedicado a desarrollar los temas tratados en ellas.

Aun después de su muerte, sus admiradores siguen reuniéndose y generando nuevos resultados. Devotos de todas las edades le rinden homenaje periódicamente en los encuentros Celebration of Mind o en los selectos congresos bienales Gathering 4 Gardner.

Al igual que un buen juego de magia, un acertijo matemático bien planteado puede inspirar admiración, revelar verdades profundas y sugerir preguntas de gran calado. Al menos, así pensaba Martin Gardner. Su nombre es sinónimo de la legendaria columna «Juegos matemáticos» que durante un cuarto de siglo escribió para Scientific American [sus artículos fueron publicados en Investigación y Ciencia a partir de octubre de 1976]. Gardner, que este mes habría cumplido cien años, maravillaba a sus lectores número tras número con una cuestión matemática sorprendente presentada con la habilidad de un mago. Ello le granjeó un sinnúmero de seguidores en todo el mundo. Personas de toda condición, desde celebridades hasta perfectos desconocidos, han citado la columna de Gardner como una de las razones para dedicarse profesionalmente a las matemáticas o campos afines.

Gardner fue un hombre modesto. Nunca buscó premios ni persiguió la fama. A pesar de ello, su legado escrito —unos cien libros, los cuales destilan una monumental cultura que tendió puentes entre las ciencias y las humanidades— acabaría valiéndole la atención y el respeto de numerosas personalidades. El científico cognitivo y ganador del premio Pulitzer Douglas Hofstadter lo describió como «uno de los mayores intelectos que este país [EE.UU.] ha producido en este siglo». El paleontólogo Stephen Jay Gould vio en Gardner «el faro más brillante en la defensa de la racionalidad y la buena ciencia en contra del misticismo y el antiintelectualismo que nos rodea». Y el lingüista Noam Chomsky calificó sus contribuciones a la cultura contemporánea como «únicas en su alcance, agudeza y entendimiento de las preguntas difíciles que realmente importan».

Aunque Gardner dejó de publicar su sección a principios de los años ochenta, su notable influencia perdura aún hoy. Escribió libros y reseñas hasta su muerte, en 2010, y sus admiradores abarcan ya varias generaciones. Sus lectores continúan celebrando encuentros de homenaje a Gardner y sus juegos matemáticos, e incluso generan nuevos resultados. Puede que la mejor manera de valorar sus revolucionarias columnas sea releerlas —o volcarse en ellas por primera vez, según sea el caso—. Tal vez el tributo que les rendimos en las líneas que siguen anime a una nueva generación a entender por qué las matemáticas recreativas siguen siendo importantes.

DE LA LÓGICA A LOS HEXAFLEXÁGONOS
Gardner nunca fue un matemático en el sentido tradicional. Estudió filosofía en la Universidad de Chicago durante los años treinta y, aunque destacó en lógica, hizo caso omiso de las matemáticas (si bien asistió en calidad de oyente a un curso titulado «Análisis matemático elemental»). Era, sin embargo, buen conocedor de los rompecabezas matemáticos. Su padre, geólogo de profesión, le había dado a conocer la obra de Sam Loyd y Henry Ernest Dudeney, dos grandes creadores de acertijos matemáticos de finales del siglo XIX y principios del XX. Desde los quince años, Gardner publicaba artículos en revistas de magia, donde a menudo exploraba la conexión entre ilusionismo y topología, la rama de las matemáticas que analiza las propiedades de una figura que permanecen invariantes cuando esta se deforma, siempre que no se rompa. Por ejemplo, una taza de café y una rosquilla resultan topológicamente idénticas, ya que ambas constituyen superficies suaves con un solo agujero.

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