Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Septiembre de 2013
Reseña

Ciencia hispanorromana

La física estoica de Séneca.

SENECA E LE SCIENZE NATURALI

Dirigido por Marco Beretta, Francesco Citti y Lucia Pasetti. Leo S. Olschki editore; Florencia, 2012.

Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.), famoso por su compromiso con la filosofía estoica, volvió al final de su vida al cultivo de la ciencia que le había apasionado en su juventud. Su obra clave, Naturales quaestiones, revisa en un latín depurado y austero el estado de la física griega e introduce puntos de vista propios que funda en la observación de los fenómenos. Desde 1977, los castellanohablantes disfrutan de una edición bilingüe de ese libro capital de la historia de la ciencia, publicada por Carmen Codoñer en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

No caeremos en anacronismo si situamos las Naturales quaestiones entre las obras iniciales de la ciencia hispanorromana, precursora de la visigótica. Esa conciencia de procedencia española se tenía ya en el alba de la era cristiana. Realidad que una mente lúcida y equilibrada, así la de Séneca, compagina con el sinsentido de las barreras políticas: «O quam ridiculi sunt mortalium termini! Ultra Istrum Dacis non exeat imperium, Haemo Traces includat; Parthis obstet Euphrates; Danuuius Sarmatica ac Romana disterminet; Rhenus Germaniae modum faciat; Pyrenaeus medium inter Gallias et Hispanias iugum extollat; Inter Aegyptum et Aethiopas harenarum inculta uastitas iaceat». («¡Ah, cuán ridículas son las fronteras de los mortales! Que el poder de los dacios no sobrepase el Híster; que el Hemón confine a los tracios; que ante los partos se levante el Eúfrates; que el Danubio delimite el territorio sármata y el romano; que el Rin ponga freno a Germania; que el Pirineo levante sus cumbres entre las Galias e Hispania; que un inmenso arenal yermo se extienda entre Egipto y Etiopía.») Una Hispania que considera el punto de referencia del occidente de la Tierra: «Quantum est enim quod ab ultimis litoribus Hispaniae usque ad Indos iacet?» («¿Qué espacio es el que separa el más distante litoral de Hispania de las Indias?»)

Cuestión casi siempre espinosa en los libros anteriores a la imprenta es el de su fecha exacta de composición. Pero aquí disponemos de datos objetivos y subjetivos que acotan el momento con suficiente precisión. A los primeros pertenece la referencia al terremoto de Campania, cuando Séneca ha abandonado la vida política. Por lo que concierne a los datos subjetivos, reseñemos las alusiones constantes a la vejez y la dedicatoria de la obra a Lucilius Iunior. Se ha escrito que el estilo de Séneca es «dramático», atormentado, que refleja un alma en guerra consigo misma. No solo se predica de las partes filosófico-morales de las Naturales quaestiones (sobre todo proemios y epílogos), sino también de las partes más estrictamente técnicas. El texto, complejo y abierto a muchos niveles de lectura. Por otro lado, cualquier discusión sobre la originalidad de Séneca queda inevitablemente cuestionada, condicionada por el hecho de que las obras de sus predecesores se han perdido.

Las Naturales quaestiones constan de ocho libros, dos de ellos incompletos, el 4a y 4b. Se percibe una clara afinidad entre el libro I (De ignibus coelestibus) y el II (De fulminibus et tonitruis), basada en el carácter ígneo de ambos fenómenos. En efecto, el formato básico de las Naturales quaestiones es una serie de estudios sobre fenómenos particulares o cúmulos de fenómenos (ríos en el libro 3, el Nilo en el libro 4a y precipitaciones atmosféricas en el 4b). En las Naturales senequistas, como en cualquier otro texto de la Antigüedad clásica sobre la naturaleza de las cosas, ocupan un lugar central los cuatro elementos primordiales, que indicó Empédocles y codificó Aristóteles: agua, tierra, fuego y aire.

El trabajo bascula en torno a un común denominador: el universo, creación de la divinidad, y fenómenos con él relacionados. Moralista a la postre, entiende que ese conocimiento debe repercutir en una vida más acorde con la naturaleza humana. Vuelve una y otra vez sobre la física griega. Pero resalta la importancia de abordar los problemas y resolverlos por uno mismo y aceptar las explicaciones ajenas cuando vienen avaladas por pruebas, no por una autoridad. Séneca nunca percibió la diferencia entre ciencia y filosofía. Para él la verdad científica se establecía por argumentación más que por experiencia. Las leyes naturales regulaban incluso el curso de fenómenos invisibles a nuestros ojos, a la manera de cuanto sucedía en meteorología y en astronomía. Son frecuentes sus referencias a las leyes naturales y a su estatuto epistemológico. Comparte ese enfoque con Lucrecio, al que probablemente estudió. Uno y otro se sirven de la observación de la naturaleza para emancipar al hombre de la superstición.

Revela una fe incondicional en el poder, regulado por leyes inmutables, de la providencia, una providencia que manifiesta la propia voluntad a través de fenómenos aparentemente irregulares, como los cometas que, justamente por su excepcionalidad, preanuncian lo que sucederá en el futuro. Niega que se originaran de la conjunción de planetas. Y para explicar el significado premonitor de los cometas, Séneca, polemizando con Aristóteles, defendía que ellos preanunciaban acontecimientos no demasiado inminentes en el tiempo, como el viento o las lluvias. Por consiguiente, al igual que otros fenómenos astronómicos, deberían considerarse dentro de una investigación más amplia del universo.

Pormenorizando, el libro segundo, completo y el más largo, se estructura en una exposición introductoria de las ramas de la ciencia física: astronomía, meteorología y ciencias de la tierra (caelestia, sublimia, terrena). Esta triple división constituye la clave programática de la obra entera. Se detiene en las propiedades del aire (spiritus = pneuma), entendido como parte del mundo y como materia elemental componente. Analiza la tensión del aire, su composición y el movimiento. Tales conceptos era obligado esclarecer antes de abordar la naturaleza del trueno, el rayo y el relámpago. De estos se ocupa la primera sección científica del libro segundo, donde encontramos una documentada exposición de las teorías que le precedieron. Entre esta primera sección y una segunda sección científica encontramos un apartado central consagrado a la adivinación a través del rayo.

Séneca habla en diversas ocasiones de la transformación de unos elementos en otros. Por ejemplo, de la transformación del aire en fuego; del aire en agua, hielo y nieve. La teoría de la transformación de los elementos expuesta por Aristóteles en el De generatione et corruptione, fue retomada con algunas variantes por el veteroestoicismo. Pero en particular volvemos a encontrarla en dos textos que a buen seguro tenía Séneca: el De natura deorum, de Cicerón, y las Metamorfosis, de Ovidio.

En el libro tercero, De aquis terrestribus, se concentran las referencias más abundantes a los elementos y su transformación. En particular insiste en la teoría mudable del elemento tierra. El agua, al ser un elemento, no puede agotarse ni tener un origen distinto del cosmos, del que constituye la cuarta parte. Sostiene la cooperación entre los cuatro elementos. Su desequilibrio cósmico llevaría al caos.

El interés de Séneca por el Nilo se manifiesta ya en la edad juvenil, período en que compuso De situ et sacris Aegyptiorum. En particular, la atención prestada a las características del Nilo —y sobre todo a sus avenidas, fenómeno estrechamente conexo con la fecundidad del valle nilótico entero— resulta fácilmente comprensible si se considera la importancia de las posesiones hacendísticas que el cordobés tenía en Egipto, de cuya existencia dan fe papiros documentales. El enigma de sus avenidas, que llenaron de estupor a los pueblos del Mediterráneo, acostumbrados a ver mermado su curso de agua durante los meses estivales, solo quedó resuelto en el siglo XIX, cuando se descubrió la doble fuente del río: el Nilo Blanco y el Nilo Azul. El Nilo Blanco nace en los altiplanos ecuatoriales dominados por el lago Victoria, está alimentado por lluvias intensas que caen en el curso del todo el año. El Nilo Azul, por su parte, se origina en el lago Tana, en terreno etíope, que registra abundantes lluvias durante los meses estivales. Las avenidas son producidas, pues, por el Nilo Azul y el afluente Abbara y solo en mínima parte por el Nilo Blanco.

El libro VI de las Naturales quaestiones es un tratado sobre los terremotos, una materia de estudio apasionante a la que Séneca vuelve, tras haber escrito un libro en su mocedad. Durante su exilio en Córcega, apartado de toda vida pública, consuela a su madre Elvira y la invita a considerar feliz y activo a su hijo, ya que, privado de compromisos, puede dedicarse al conocimiento de sí mismo y de la naturaleza, la única ocupación digna del hombre: «Qualem me cogites accipe: laetum et alacrem velut optimis rebus. Sunt enim optimae, quoniam animus omnis occupationis expers operibus suis vacat et modo se levioribus studiis oblectat, modo ad considerandum suam univesique naturam veri avidus insurgit». («Debes pensarme así: con alegría y euforia, como si las cosas fueran bien. Y en verdad así van, porque el ánimo, liberado de toda preocupación, se dedica a las funciones propias y se entrega a estudios más ligeros o, ávido de severidad, se eleva para contemplar su naturaleza y la del universo.»)

La argumentación nace de la observación empírica del fenómeno, con el recuerdo del seísmo reciente que ha afectado a la Campania en el año 62 o 63. La descripción de los aspectos devastadores de esta catástrofe constituye el punto de arranque de un tratado científico que indague las causas naturales del terremoto y tenga por finalidad liberar al hombre del miedo que le sobrecoge en el momento en que descubre la inestabilidad de la tierra. Examina las teorías que van atribuyendo la causa de los seísmos sucesivamente a cada uno de los cuatro elementos: agua, etcétera. Séneca se adhiere a la tesis del aire. El conocimiento racional del fenómeno y de sus causas son objeto de la ciencia; muestra que los hechos no tienen nada de sorprendentes; son acontecimientos naturales, normales. Se cierra el capítulo con una larga reflexión sobre el miedo a la muerte, que envilece al hombre.

Resulta apenas conocido que en el siglo de la revolución científica, las Naturales quaestiones merecieron la atención de los protagonistas. A ellas se recurre para la exposición del método científico. Francesco Buonamici (1533-1603), profesor de Galileo en Pisa, las parafrasea para ilustrar el fenómeno del impulso hidrostático. Hasta en tres ocasiones cita Galileo a Séneca en la confrontación del sistema geocéntrico y el heliocéntrico. Se supone que el libro V de las Naturales fue una de las fuentes antiguas que leyó Evangelista Torricelli. Y en ellas se inspira Robert Boyle en A free enquiry into the vulgarly received notion of nature.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.