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Clac vegetal y gancho de gamba

Aprovechando la mecánica de superficies curvas semirrígidas, ciertos animales y plantas efectúan unos movimientos asombrosamente rápidos.

BRUNO VACARO

Para hacerse con una presa, hay que actuar con rapidez y fuerza. ¿Cómo lograrlo cuando se es una planta carnívora, carente de músculos, o una gamba? Pues almacenando energía en forma elástica y liberándola de golpe. La dionea atrapa moscas (Dionnaea muscupula) cierra así sus mandíbulas vegetales en una décima de segundo; la gamba mantis (Odontodactylus scyllanus) asesta un «puñetazo» en dos milisegundos. Punto en común de ambos ases de la rapidez: almacenan energía elástica en un tabique elástico curvo.

Un cierre relámpago

La trampa de la dionea se compone de dos hojas enfrentadas. Cuando un insecto se posa en una de las caras internas de sus mandíbulas vegetales, estas se cierran de golpe y capturan la presa, que a continuación será lentamente digerida. ¿Cómo produce la planta ese movimiento, por añadidura tan rápido? Gracias a un mecanismo análogo al que obra en las flores, que se abren por la mañana y se cierran en el crepúsculo.

Para controlar su contenido en agua y la presión interna, las células modifican la concentración de ciertos iones mediante el proceso de ósmosis. Cuando aumenta la concentración iónica en el interior de una célula, esta aspira agua a través de las paredes y se infla. Se trata de un fenómeno reversible: cuando disminuye la concentración iónica, la célula se desinfla. En un pétalo, ambos efectos se producen a la vez: las células de una de las caras del pétalo se inflan mientras que las de la otra cara se desinflan. La primera se torna convexa; la segunda, cóncava. Las modificaciones de la presión celular se traducen, pues, en movimientos macroscópicos.

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