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Las buenas preguntas

No es en el aula donde mejor se aprende a pensar de forma crítica.

ELLEN WEINSTEIN

Una democracia se cimienta en un electorado que posea pensamiento crítico. Sin embargo, la enseñanza formal, cuya fuerza motriz son los exámenes y los títulos, está dejando de lado, y cada vez más, la exigencia de que los estudiantes planteen la clase de preguntas que llevan a decidir con fundamento.

Hace más de diez años que John D. Bransford y Daniel L. Schwartz, científicos de la cognición, por entonces en la Universidad Vanderbilt, observaron que la diferencia entre los niños y los adultos jóvenes no era su capacidad para retener datos o para aplicar los conocimientos adquiridos a situaciones nuevas, sino una cualidad a la que llamaron «preparación para el aprendizaje futuro». Pidieron a alumnos de quinto curso de primaria y a universitarios de primer ciclo que idearan un programa para proteger de la extinción al águila americana, o águila calva. Para sorpresa de los investigadores, los dos grupos ofrecieron planes de calidad similar (aunque los universitarios, con menos faltas de ortografía). Desde el punto de vista de un educador tradicional, este resultado señalaba que la escolarización no había conseguido que los estudiantes reflexionasen sobre los ecosistemas y la extinción de especies, ideas científicas de primera magnitud.

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