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Lo que la ciencia quiere saber

Una ingente montaña de datos puede hacer que se pierda de vista lo esencial.

OLIVER MUNDAY

Casi todos los estudiosos están de acuerdo en que Isaac Newton, cuando formuló los principios de la dinámica y la ley de gravitación, en el último tercio del siglo xvii, estaba al corriente de todo cuanto de ciencia había que conocer. Se estima que en los 350 años posteriores se han publicado unos 50 millones de artículos e incontables libros sobre matemáticas y ciencias de la naturaleza. Es probable que un alumno de secundaria disponga hoy de más conocimientos que Newton. Aun así, son muchos quienes ven en la ciencia una montaña inexpugnable de hechos y datos.

La especialización, cada vez mayor, ha sido una de las vías que han tomado los científicos para habérselas con esa montaña. Con limitado éxito. Quien escribe, biólogo, no confía en poder ir más allá de un par de párrafos en un artículo de física. Le desbordan también los de inmunología o biología celular, y otro tanto algunos de su especialidad, la neurobiología. Día tras día parece estrecharse su campo de pericia. En consecuencia, los científicos se han visto en la necesidad de adoptar otra estrategia ante la montaña de información: prescindir de casi toda ella.

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