Contra las teorías conspirativas

Es mejor impedir que arraiguen que intentar erradicarlas más tarde.

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Las teorías conspirativas pueden socavar la participación política, desalentar la protección ambiental y engendrar violencia. Los grupos que se organizan en Internet para propagarlas pueden incitar a la violencia extrema. Además, sus adeptos cumplen menos con las medidas sanitarias. La OMS ha hecho un llamamiento a los países para que pongan coto a las informaciones falsas.

Pero ¿cómo? Una red de más de cien académicos hemos redactado el Routledge handbook of conspiracy theories, uno de cuyos capítulos aborda cómo contrarrestar las teorías conspirativas. Su conclusión es que es más fácil difundirlas que refutarlas. Por eso, es mejor impedir que las mentiras arraiguen que intentar erradicarlas luego, para lo cual hay que mirar más allá de su contenido y de las plataformas y algoritmos que las propalan, analizando por qué hay personas inclinadas a creérselas.

Mi trabajo consiste en estudiar los rasgos psicológicos y las razones que afectan a las creencias. Las convicciones ideológicas son fruto del procesamiento voluntario de la información que recibimos y de mecanismos psicológicos automáticos. Nosotros planteamos que las creencias conspirativas se sustentan en tres grandes necesidades psicológicas: la de comprender el mundo, la de sentirse a salvo, y la de pertenecer a un grupo social y estar conforme con uno mismo. Quienes se ponen más a la defensiva son más propensos a aceptar las teorías conspirativas, quizá para eludir sus defectos, y también los que presentan sentimientos de impotencia, ansiedad, aislamiento y alienación. Quienes se ven como piezas miserables de un descomunal engranaje político tienden a sospechar que en él se mueven influencias perversas. Esos miedos pueden ser atizados, además, por los políticos que se sienten amenazados.

La pandemia de COVID-19 reúne las condiciones idóneas para generar vulnerabilidad ante los discursos conspiranoicos: hay mucha incertidumbre y ansiedad; el confinamiento y la distancia social recrudecen el aislamiento; y las personas que intentan entender este momento insólito buscan explicaciones extraordinarias. ¿Remitirá la «infodemia» cuando remita la pandemia? Me temo que no. En primer lugar, quizá se alivien algunas necesidades sociales, pero los sentimientos de duelo, incertidumbre, impotencia y marginación seguirán afligiendo a quienes hayan perdido a un familiar, se hayan quedado en paro o hayan tenido que dejar los estudios. Los planes de recuperación no deben centrarse solo en la economía y la salud física. Si ignoramos la crisis de salud mental, corremos el riesgo de perpetuar la crisis informativa. En segundo lugar, no sabemos casi nada sobre el modo en que evoluciona la vulnerabilidad a las teorías conspirativas. Es posible que hasta las fluctuaciones psicológicas diarias influyan.

También es importante conocer los efectos duraderos de los sucesos vitales o históricos. Un análisis de las cartas de los lectores del New York Times y el Chicago Tribune, publicado en American Conspiracy Theories en 2014, pone de manifiesto picos de contenido conspirativo poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Con todo, es difícil acometer investigaciones longitudinales en esta materia, sobre la que se ha publicado muy poco. Ahora, al proliferar los estudios sobre la respuesta psicológica a la pandemia, quizá contaremos con más datos para orientar mejor las intervenciones.

Mientras tanto, no debemos abandonar los demás métodos para corregir las informaciones falsas y contener su difusión. Uno de los que funcionan es desmentirlas, aunque resulta muy difícil: hay que explicar por qué algo es mentira, desentrañando las estrategias del engaño y aportando datos verídicos, en vez de limitarse a tachar una información de falsa. Es más eficaz hacerlo de forma preventiva, como una vacuna. Esta técnica, conocida en inglés como prebunking, advierte de la posibilidad de que uno se encuentre con informaciones falsas. Hay juegos en línea, como Bad NewsGo Viral!, que muestran cómo se difunden los bulos y consiguen que la gente sea más cuidadosa. Pequeñas acciones como estas sirven para concienciar de la importancia de la veracidad y disuaden de compartir noticias falsas.

Estos efectos pueden reforzarse mediante la atención de las necesidades psicológicas. Las teorías conspirativas serían menos tentadoras y además mejoraría el bienestar. La educación contrarresta las creencias conspirativas porque fomenta el pensamiento crítico y empodera a las personas. Otras intervenciones podrían ir dirigidas a propiciar un sentimiento de identidad común, a fin de favorecer las ideas de pertenencia y significado. Lo ocurrido en Nueva Zelanda es esperanzador. La primera ministra, Jacinda Ardern, puso énfasis en la solidaridad y la transparencia de su gestión, y ofreció a la población una meta clara. Los primeros datos señalan que, a pesar de que aumentó la angustia durante el confinamiento, los neozelandeses no se entregaron más a las ideas conspirativas, sino que aumentó su confianza en la ciencia. Ese es el planteamiento que habría que exportar al resto del mundo.


Artículo traducido y adaptado por Investigación y Ciencia con permiso de Nature Research Group.

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