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1 de Agosto de 2016
Reseña

Historia natural

Drástica renovación en el Siglo de las Luces.

ANIMAL, VEGETABLE, MINERAL?
HOW EIGHTEENTH-CENTURY SCIENCE DISRUPTED THE NATURAL ORDER
Susannah Gibson
Oxford University Press, 2015

A finales del siglo XVIII, la vieja doctrina aristotélica sobre la división del mundo natural en tres reinos estancos e infranqueables (mineral, vegetal y animal), que perduró a lo largo de más de dos milenios, había quedado desautorizada. Nuevas ideas que definían a los animales por su mecánica o su química merecían mayor respetabilidad; conceptos que se consolidaron a lo largo del siglo XIX, sistematizados en el marco de nuevas disciplinas (teoría celular, fisiología, embriología, bioquímica, microbiología y teoría evolutiva), y con sus métodos e instrumentos respectivos, transformaron de raíz la consideración del organismo y el parentesco entre especies. E incluso las previsiones de futuro. En una carta a Thomas H. Huxley fechada el 26 de septiembre de 1857, Charles Darwin imaginaba un tiempo que describía así: «Aunque yo no viviré para verlo, tendremos árboles genealógicos de cada uno de los grandes reinos de la naturaleza».

Las características distintivas del organismo animal y vegetal habían sido debatidas a lo largo de los siglos. En su Historia de los animales, Aristóteles establece los cuatro criterios que definen a un animal: nutrición, reproducción, sensación y fisiología. El animal necesitaba un aparato digestivo y un sistema reproductor, experimentar sensaciones y contar con sangre y vasos. El estagirita escribió además un tratado Sobre el movimiento de los animales, propiedad arquetípica de estos seres. No era necesario que los cinco factores se dieran simultáneamente; a menudo bastaba con la presencia de uno o dos para incluir a un individuo en el reino animal.

Durante la Ilustración, los imperios europeos se hallaban en expansión y miles de nuevas especies fueron conocidas por la ciencia occidental. A medida que los naturalistas estudiaban nuevas especies procedentes de los cuatro puntos cardinales, se fueron percatando de que no todas encajaban con facilidad en las categorías aceptadas. Para ahondar en su conocimiento, se llevaron a cabo experimentos sobre corales, esponjas, venus atrapamoscas, estrellas o erizos de mar. Muchos naturalistas los consideraban mezcla de animal y planta, para otros eran vegetales con rasgos animales, y otros los calificaron como plantas que a veces se comportaban como animales. Los zoófitos planteaban un reto para demarcar una definición tajante de animal y de planta, así como para la relación consiguiente entre ambos reinos. Hasta el siglo XVIII, y pese al interés de Aristóteles y otros naturalistas clásicos y modernos, los zoófitos no pasaron de representar un apéndice irrelevante.

El asunto cambió a raíz de los descubrimientos de Abraham Trembley (1710-1784), quien se aprestó a encontrar la identidad de los zoófitos. Tras la poda, las plantas se regeneraban, no así los animales; por tanto, los pólipos amputados y regenerados se comportaban a ese respecto como plantas. Otras propiedades, sin embargo, los incardinaban en el reino animal; en particular, el movimiento de los tentáculos. También su sensibilidad al tacto y su nutrición, aspecto este último que ya había sido subrayado por Hermann Boerhaave. Las fronteras parecían borrosas. Pero la confusión no solo se debió a los zoófitos: merced al microscopio, se había descubierto en el siglo XVII la presencia de seres minúsculos en el interior de vegetales y animales. Con todo, hubo que esperar hasta el siglo XIX para descubrir el núcleo celular y armar una teoría de la célula.

En uno de los experimentos más singulares para investigar la generación espontánea, Lazzaro Spallanzani (1729-1799) creó una suerte de calzas para ranas y demostró que macho y hembra participaban en la reproducción. Antes de esa observación, se debatía la función real del semen del macho, y muchos opinaban que solo la hembra era imprescindible para la concepción. Esos y otros experimentos arruinaron muchas teorías predominantes en el siglo XVIII sobre la reproducción, incluida la teoría de la preformación. Esta establecía que las personas, los animales y las plantas existentes y por existir habían sido creados por Dios en el comienzo del mundo, para luego desplazarse en una serie ordenada y anidada en el progenitor.

No dejaban de desenterrarse fósiles, supuestos caprichos de la naturaleza que podían adquirir cualquier forma. Y también se consideraron otras curiosidades: plantas que sienten e incluso que piensan, plantas carnívoras y plantas irritables. La venus atrapamoscas fue observada por los europeos a mediados de los años 1760; criada en sus jardines, las alimentaban con moscas para estudiar su funcionamiento. Sobre todo gracias a Carlos Linneo, se investigó también la reproducción sexual de los vegetales.

España, según la tesis canónica, perdía pujanza en su rivalidad con Inglaterra y Francia. Pero si atendiéramos a las imágenes botánicas aparecidas entre 1759 y 1808, no deberíamos hablar de declive. Con la entronización de Carlos III se produjeron unas 60 expediciones científicas. El estudio de la naturaleza se convirtió en una herramienta de competición entre las potencias coloniales del mundo atlántico. La Corona fue el catalizador de las exploraciones y del descubrimiento de nuevas fuentes de ingreso para las arcas del Estado. Si hasta entonces la riqueza se había asentado en el beneficio de los minerales, en el siglo XVIII se cambió el foco de atención: las riquezas vegetales de la América española superaban a las minerales, con la ventaja añadida de que podían propagarse y multiplicarse ad infinitum una vez aclimatadas.

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