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1 de Agosto de 2016
Salud

Las secuelas del agente naranja

Vietnam insiste en que aún hay niños afectados por el tristemente célebre defoliante empleado hace décadas por Estados Unidos. Las pruebas al respecto son controvertidas.

Un pelotón de soldados busca bombas sin detonar en el aeropuerto vietnamita de Da Nang, en 2011, antes de que los obreros remuevan el suelo y lo calienten para destruir la dioxina, un compuesto tóxico contenido en el agente naranja. Las fuerzas armadas de EE.UU. diseminaron el agente como defoliante durante la guerra de Vietnam en los años sesenta. [NGUYEN HUY KHAM, REUTERS]

En síntesis

Los médicos vietnamitas afirman que el agente naranja, un defoliante esparcido durante la guerra de Vietnam, causa defectos genéticos en los hijos y nietos de los que estuvieron expuestos a él.

Ensayos con animales en EE.UU.muestran que el daño genético causado por la dioxina del agente naranja es heredable, si bien la vulnerabilidad varía mucho en las especies analizadas. No hay estudios en humanos.

Científicos estadounidenses afirman que la investigación vietnamita que vincula la exposición al agente con las anomalías congénitas adolece de fallos. Las autoridades de Vietnam no han permitido a los expertos estadounidenses llevar a cabo estudios en su país.

Sin admitir ninguna culpa, el Congreso de EE.UU. aprobó una partida de 21 millones de dólares para ayudar a las personas discapacitadas en Vietnam, pero este país reclama una ayuda mucho mayor.

Nacido con labio leporino, fisura palatina y cardiopatía congénita, Danh (seudónimo) pasó su primer mes de vida luchando por respirar en una incubadora. Ahora tiene ocho años y es delgado como un palillo. De sonrisa afable, no puede hablar, y su madre, a quien llamaremos Lien, dice que es discapacitado mental. Mientras me habla de las muchas necesidades del niño en su casa de Da Nang, este se entretiene con coches de juguete.

A Lien la conocí por mediación de una asociación estadounidense llamada Niños de Vietnam, que ayuda a familias pobres de esa localidad. Nos sentamos a tomar un té en una habitación sencilla que daba a la calle y hablamos alzando el tono por encima del tráfico. De la pared colgaban fotos de familia junto a un retrato de Ho Chi Minh, el líder revolucionario comunista de Vietnam. Las facciones de Lien, dulces de costumbre, se endurecieron cuando le pregunté qué pensaba que había causado los problemas de su hijo: «¡El culpable es el agente naranja!», exclamó a través de su intérprete, con la mirada encendida de ira.

El agente naranja es un defoliante esparcido por EE.UU. durante la guerra de Vietnam para aclarar la vegetación espesa y dejar al descubierto a las tropas enemigas. Estaba contaminado con dioxina, un veneno que persiste durante décadas en el ambiente. El abuelo de Danh luchó en el Altiplano Central, una zona intensamente rociada, y su padre trabajó en la antigua base de EE.UU. en Da Nang, donde años más tarde se halló dioxina en los patos y peces consumidos por los lugareños. Las dioxinas se han vinculado con el cáncer, las cardiopatías y otros problemas de salud que afectan a las personas expuestas a ellas. Pero Lien está convencida de que su hijo heredó el legado tóxico debido a la exposición de que fueron víctimas su padre y su abuelo. El Gobierno vietnamita, que considera a Danh como una presunta víctima del agente naranja, afirma que cientos de miles de ciudadanos nacidos una o dos generaciones después del conflicto se enfrentan a los efectos nocivos de las dioxinas transmitidos por sus progenitores.

El Gobierno de EE.UU. ofrece una modesta indemnización a sus veteranos de guerra por problemas de salud como la leucemia, el linfoma de Hodgkin y el párkinson que se atribuyen al agente naranja, basándose en su presencia en Vietnam y la zona desmilitarizada de Corea en períodos específicos de tiempo entre 1962 y 1975. Los científicos han recurrido a tales registros en los estudios que han vinculado el agente con más de una docena de enfermedades en hombres y mujeres que participaron en los combates. Pero el Gobierno se ha negado a reconocer que el defoliante también afectase a los vietnamitas, en parte porque asegura que Vietnam no ha facilitado datos fiables sobre quiénes estuvieron expuestos. Las historias clínicas del país son precarias y la población sufrió grandes desplazamientos en los caóticos años de la posguerra, lo que dificulta demostrar que se estuvo expuesto al agente.

Vietnam afirma que sus datos son fidedignos, pero el desacuerdo ha alimentado la tensión durante años, sobre todo por lo que respecta a los efectos que podrían heredar las generaciones venideras. A pesar de que las pruebas llevadas a cabo por Estados Unidos en animales han demostrado que el daño genético causado por las dioxinas es heredable, la sensibilidad varía mucho según la especie, y no existen estudios en humanos. Robert Moore, toxicólogo de la Universidad de Wisconsin en Madison, advierte de que sería muy difícil demostrar que los hallazgos en animales reflejan la experiencia humana.

En un intento de suavizar las relaciones, el Congreso de EE.UU. aprobó en diciembre de 2014 una partida de ayuda humanitaria por valor de 21 millones de dólares para cinco años que, por primera vez, iba destinada expresamente a las personas con discapacidad grave que viven en zonas rociadas con el agente. Charles Bailey, antiguo director del Programa del Agente Naranja en Vietnam del Instituto Aspen, describe esa ayuda como un gran paso que asegura que la ayuda humanitaria de EE.UU. llegue a los más necesitados. Sin embargo, el paquete de ayuda no hace referencia explícita al agente como causante de las discapacidades. Es más un gesto simbólico para apaciguar la posición vietnamita que una admisión de culpa. Han pasado cuarenta años desde que las tropas estadounidenses abandonaran Saigón (hoy Ciudad Ho Chi Minh) y sellaran así el fin de la guerra. Pero las preguntas básicas sobre el legado de los efectos del agente naranja en la salud de varias generaciones de vietnamitas siguen siendo controvertidas.

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