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1 de Agosto de 2016
Ecología

Presión turística sobre la vida silvestre de las Galápagos

El constante aumento de visitantes podría arruinar en pocos años la riqueza ecológica de un lugar único en el mundo.

Ciertas especies de tortugas gigantes se han recuperado gracias a los proyectos de conservación financiados en parte con la venta de entradas para visitar el parque nacional. Si se gestiona correctamente, el turismo puede coexistir con las especies autóctonas. [MANFRED GOTTSCHALK, GETTY IMAGES]

En síntesis

El rápido aumento del número de visitantes a las Galápagos amenaza la biodiversidad que los turistas vienen a admirar. Ecuador ha fomentado la situación para obtener ingresos. Pero el anterior director del Parque Nacional Galápagos, despedido hace poco, y varios expertos independientes reclaman fijar un techo en el número anual de visitantes, debido al riesgo de devastación de las islas.

El informe presentado por expertos a inicios de 2014 aconsejaba no superar los 242.000 visitantes anuales, pero según ellos, el Gobierno del presidente Correa lo ha ignorado.

Entretanto, el servicio de parques está construyendo pasarelas y otras infraestructuras destinadas a facilitar el acceso a lugares ecológicamente sensibles, que podrían verse desbordados. Y pequeños hoteles ilegales han proliferado para alojar a la incesante riada de turistas.

En el extremo meridional de la isla de Santa Cruz, en las Galápagos, una cárcava conocida como Las Grietas alberga una peculiar especie de pez loro, de unos 45 centímetros de longitud y colores vivos. La charca se originó hace mucho tiempo, cuando olas enormes rebasaron las altas orillas de la isla y alcanzaron un abrupto barranco. Hoy, el nivel del agua se mantiene gracias al agua dulce que se infiltra a través de la porosa roca volcánica en que está excavado el barranco. A pesar de las duras condiciones, la pequeña población de peces ha prosperado en la charca, de aguas tan cristalinas que es posible verlos desde veinte metros de altura rebuscando alimento en el fondo.

En agosto de 2014 visité el lugar acompañado por el naturalista Andrés Vergara. Nos citamos en el Eco Hotel Fich Bay y desde allí caminamos unos diez minutos sobre suelo irregular y trechos de arena hasta alcanzar un lugar menos abrupto. Afrontamos entonces la parte final del recorrido, primero cuesta arriba sobre rocas escarpadas y luego bajando de espaldas por las empinadas paredes del barranco, como cangrejos, hasta alcanzar el borde de la charca. Este último trecho es bastante peligroso, por lo que disuade a la mayoría de los visitantes fortuitos; solo unos pocos aventureros han osado descender alguna vez hasta ella. El lugar es magnífico, y las cornisas rocosas, situadas a una decena de metros sobre el agua, ofrecen a los más osados trampolines naturales para zambullirse en sus aguas.

Tuvimos suerte de visitar el lugar en aquel momento, pues poco después el acceso a Las Grietas fue cerrado para realizar obras de mejora en el camino de acceso. Reabierto en diciembre de 2014, Vergara, que trabaja como guía para el Parque Nacional Galápagos, me llamó para explicarme que habían construido pasarelas sobre las rocas, una escalera para acceder a la orilla y una plataforma de madera para saltar a la charca. «Es parte del plan del Parque Nacional Galápagos para facilitar las cosas a los visitantes y a los residentes», me dijo. Las mejoras habían incrementado drásticamente el número de visitantes, que entre los meses de julio de 2014 y 2015 se triplicó y alcanzó los 7109 excursionistas anuales.

Se ignora el impacto de esa muchedumbre sobre la población de peces loro. ¿Acabarán las inevitables migas de bocadillo, la crema solar disuelta en el agua y las bolsas de plástico contaminando el entorno y arruinando el encanto del lugar?

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