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1 de Septiembre de 2012
Filosofía de la ciencia

¿Ciencia sin emociones?

Los sentimientos de asombro, duda o curiosidad operan como poderosos motores de la investigación.

WIKIMEDIA COMMONS/Roberto-Sueiras-Revuelta/CC-BY-SA-3.0

La mala reputación que han tenido las emociones ha predominado a lo largo de la historia de la filosofía. Ya Demócrito (siglos V-IV a.C.) afirmaba que «la medicina cura las enfermedades del cuerpo, la sabiduría libera al alma de las emociones». Y como es sabido, la máxima de que «la razón debe dominar a la pasión» ha sido la principal guía filosófica para decidir sobre nuestras acciones y creencias. Pero incluso cuando se ha invertido la relación de dominación, como en el caso de David Hume (1711-1776), quien sostuvo que «la razón es, y deber ser, esclava de las pasiones», se sigue manteniendo una oposición irreconciliable entre sentir y pensar, entre lo afectivo y lo cognitivo.

Contra el telón de fondo de esa longeva tradición, donde la dicotomía razón-emoción viene acompañada de los dualismos mente-cuerpo y cultura-naturaleza, destaca el movimiento de los pragmatistas clásicos, encabezado por Charles S. Peirce (1839-1914), William James (1842-1910) y John Dewey (1859-1952). Estos científicos-filósofos emprendieron una indagación que justo comenzaba por cuestionar las dicotomías de la filosofía tradicional, con el fin de comprender y restaurar los vínculos que integraban las esferas más básicas de la vida humana: las del conocimiento, la moral y el arte. Para llevar adelante este programa innovador, los pragmatistas forjaron una noción de experiencia anclada en la acción, que permitía vincular lo cognitivo y lo afectivo de una manera muy natural. Fue así como se abrió el camino para analizar el papel de las emociones en la obtención de conocimiento, incluido el conocimiento científico.

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