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  • Investigación y Ciencia
  • Septiembre 2012Nº 432

Botánica

El olfato de las plantas

Los botánicos empiezan a tener un atisbo de la forma en que las plantas se huelen unas a otras. Algunas reconocen por el olor a sus vecinos atacados; otras son capaces de oler una comida.

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Cuscuta pentagona no es una planta normal. Se trata de una enredadera delgada de color naranja que puede crecer hasta tres metros de altura; produce pequeñas flores blancas de cinco pétalos y se encuentra en toda América del Norte. Lo que es único en Cuscuta es que no tiene hojas. Y no es de color verde, ya que carece de clorofila, el pigmento que absorbe la energía solar y permite que las plantas conviertan la luz en azúcares y oxígeno mediante la fotosíntesis. Cuscuta obtiene su comida de sus vecinos. Es un parásito. Para vivir, se une a una planta huésped y chupa los nutrientes proporcionados por el anfitrión taladrando un apéndice en su sistema vascular. Lo que hace de Cuscuta un organismo verdaderamente fascinante es que tiene preferencias culinarias: elige a qué vecinos atacar. 

Una semilla de Cuscuta germina igual que la de cualquier otra planta. El nuevo brote crece en el aire y la nueva raíz se hunde en la tierra. Pero una Cuscuta joven abandonada a sí misma va a morir si no encuentra rápidamente un anfitrión del cual vivir. Cuando la plántula de Cuscuta crece, mueve la punta del brote en pequeños círculos, explorando los alrededores de la misma forma en que lo hacemos con nuestras manos cuando estamos con los ojos vendados o buscamos la luz de la cocina en medio de la noche. Aunque estos movimientos parecen aleatorios en un primer momento, si la cuscuta se halla al lado de otra planta (por ejemplo, una tomatera), pronto se hace evidente que crece, se curva y se inclina en la dirección de la planta de tomate que le proporcionará alimento. Lo hace hasta que encuentra una hoja de tomatera. Pero en lugar de tocar la hoja, se hunde y se sigue moviendo hasta que da con el tallo de la planta. En un acto final de victoria, se enrosca alrededor del mismo, envía microproyecciones en el floema del tomate (los vasos que llevan la savia azucarada de la planta) y empieza a bombear azúcares que la mantendrán creciendo y la harán al final florecer.

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