Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Junio de 2016
Matemáticas

Alexander Grothendieck, de eminencia a eremita

Tras una infancia azarosa y pese a una formación académica deficiente, este gran matemático adquirió en poco tiempo fama mundial. A los 63 años, lo abandonó todo para vivir en soledad.

ALEXANDER GROTHENDIECK retratado pocos meses antes de su muerte, en 2014. El fotógrafo Peter Badge, quien por encargo de la Fundación Klaus Tschira visitó a todos los receptores vivos de la medalla Fields y de otros premios, fue uno de los pocos que tuvo la oportunidad de ver al matemático. [PETER BADGE/TYPOS 1 EN COOPERACIÓN CON HLF - TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 2016]

En síntesis

Alexander Grothendieck nació en Berlín el 28 de marzo de 1928, hijo del anarquista Alexander Schapiro y la periodista Hanka Grothendieck.

Tras una juventud llena de aventuras, con grandes lagunas en su educación formal y acosado por los nazis, se convirtió muy rápidamente en un matemático de primer orden mundial que reconstruyó la geometría algebraica sobre bases completamente nuevas.

En 1970 rompió con la vida que había llevado hasta entonces. Abandonó la investigación y se retiró al campo para fundar el movimiento ecologista «Sobrevivir».

Dos décadas después se apartó completamente del mundo en un pueblo de los Pirineos. Hasta su muerte, acaecida en noviembre de 2014, escribió un vasto texto, «Meditaciones», al que aún no se le ha dado forma editorial.

Durante más de 20 años, apenas nadie conoció el paradero del hombre al que se le podría llamar, con cierta justicia, el mejor matemático del siglo XX. Alexander Grothendieck evitó desde 1991 casi cualquier contacto con otras personas. Solo se supo nuevamente de él a su muerte en el sur de Francia, el 13 de noviembre de 2014. Fue el final de una vida extraordinaria en todos los sentidos. Como escribió a un compañero del colegio el 29 de septiembre de 2006: «Contar lo que ha pasado en mi vida requeriría muchos libros, que aún no se han escrito».

No solo sus contribuciones a las matemáticas carecen de precedentes. Grothendieck rompió además con todas las normas de la sociedad burguesa. Fue siempre un solitario que parecía vivir en otro mundo. Su vida plantea muchos enigmas que se antojan irresolubles.

Ya sus principios fueron cualquier cosa menos burgueses. Su padre, Alexander Schapiro, un anarquista ruso judío nacido en 1890, se incorporó con 15 años a la lucha anarquista contra el régimen zarista. Detenido en 1907, fue condenado a muerte y durante una semana se le condujo cada día al paredón, pero dada su juventud la pena capital fue conmutada por la de cadena perpetua. Tras pasar diez años en prisiones y campos de concentración rusos, fue liberado durante la Revolución de Octubre y se sumó a los luchadores nacional-anarquistas del general ucraniano Néstor Majnó. De nuevo capturado, esta vez por el Ejército Rojo, y condenado a muerte, aprovechó el caos que siguió a la Primera Guerra Mundial para huir a Berlín, donde se ganó el sustento como fotógrafo callejero.

Allí conoció a la periodista, actriz y escritora Johanna (Hanka) Grothendieck, quien venía de una familia de Hamburgo bien situada. Su padre regentó durante los primeros años del siglo un hotel en Altona. Sin embargo, Hanka rompió en su juventud con el mundo burgués que le correspondía como hija de un acomodado hotelero de Hamburgo y llevó una vida inestable y errante. Alexander Grothendieck, el hijo de ambos, nació el 28 de marzo de 1928.

A la llegada de los nazis al poder, Schapiro emigró a Francia y después a España, donde luchó en la Guerra Civil. Tras volver a Francia, fue internado por su participación en la guerra de España hasta que, en agosto de 1942, las autoridades francesas lo entregaron a las alemanas. Deportado a Auschwitz, debió de ser enviado a las cámaras de gas nada más llegar. Hanka Grothendieck, que lo había acompañado en Francia y España, pasó la guerra en un campo de internamiento francés. Desde 1945 hasta su muerte, en 1957, vivió la mayor parte del tiempo con su hijo y asistió a su meteórico ascenso.

La infancia de Alexander transcurrió entre anarquistas, personas que habían optado por la marginalidad social, profetas itinerantes, emigrantes del este de Europa y vidas fallidas. Cuando sus padres se marcharon a Francia en 1933, lo dejaron bajo la custodia de la familia del reverendo Heydorn, en Hamburgo-Blankenese. Allí fue a la escuela y cursó el primer año de secundaria (Gymnasium). Aquellos fueron los únicos años en que tuvo una forma de vida ordenada.

Dada su condición de «medio judío», la situación pronto se hizo demasiado peligrosa para él, por lo que en 1939 los Heydorn lo mandaron a Francia, donde viviría con sus padres de nuevo. Al poco de estallar la Segunda Guerra Mundial, su madre y él fueron internados en un campo francés para «extranjeros indeseables». En 1942 tuvo la suerte de ponerse a salvo, junto con miles de refugiados más, en Le Chambon-sur-Lignon, una pequeña ciudad del Macizo Central donde el pastor protestante André Trocmé había fundado el Colegio Cévenol, un instituto basado en los principios de la no violencia y la solidaridad internacional. Grothendieck asistió a esa escuela hasta completar el bachillerato y, en 1945, empezó a estudiar matemáticas en la Universidad de Montpellier. Pudo permitírselo gracias al modesto apoyo económico de una organización de refugiados y a lo que le reportaban trabajos ocasionales, como el de vendimiador, entre otros.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.