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1 de Junio de 2016
Economía de la energía

El coste de los recursos en un planeta que cambia

Al empezar este siglo, la fracción de la producción mundial dedicada a energía y alimentación era la más reducida de la historia. Puede que esa situación no vuelva a darse.

© MERIEL JANE WAISSMAN/ISTOCKPHOTO

En síntesis

Antes de la industrialización, las principales fuentes de energía eran la biomasa y la comida. El ulterior predominio de los combustibles fósiles fue acompañado por una disminución del gasto en energía y alimentación como porcentaje del producto interior bruto (PIB).

La fracción del PIB mundial gastado en energía y alimentación alcanzó un mínimo hacia el año 2000, pero desde entonces esa tendencia se ha invertido. Entre otros factores, el fenómeno guarda relación con el envejecimiento de las poblaciones y las infraestructuras.

La proporción del PIB dedicada a energía y comida puede entenderse como un indicador sistémico del funcionamiento de una economía. En particular, las grandes recesiones económicas recientes han coincidido con elevados gastos energéticos con respecto al PIB.

El actual debate en torno a la tecnología y los recursos energéticos rebosa de noticias, opiniones y enfoques contradictorios planteados desde posturas extremas. No es de extrañar que el ciudadano de a pie se encuentre confundido. Según las fuentes que consultemos, tan pronto la perforación horizontal y la fracturación hidráulica han situado a Estados Unidos al borde de la independencia energética como han causado la insolvencia de las compañías de gas y petróleo, que estarían gastando más dinero del que recuperan con las ventas. Por su parte, las energías renovables pueden tanto cubrir de forma obvia nuestras necesidades como suponer un camino subvencionado hacia la ruina económica.

En la inmensa mayoría de los casos, las posturas extremas son una hipérbole de una realidad mucho más sutil. Es imprescindible que sopesemos nuestras futuras opciones energéticas en consonancia con las tendencias biofísicas y socioeconómicas. De lo contrario, corremos el riesgo de tratar solo los síntomas y no las causas.

Una buena manera de entender mejor las cuestiones energéticas, sobre todo para el consumidor medio, consiste en poner los números en un contexto práctico. Por ejemplo, de un análisis de datos que he realizado recientemente se desprende la siguiente conclusión esencial: el cambio de siglo representó un importante punto de inflexión social, pues nunca el mundo había conocido comida y energía tan baratas.

En los países desarrollados, y probablemente en el mundo en general, la tendencia a que unos crecientes servicios de comida y energía consuman una proporción cada vez menor de nuestra producción económica (medida por el producto interior bruto, el PIB) parece haber llegado a su fin, quizá para siempre. Las consecuencias son de extrema importancia para el futuro crecimiento económico y las relaciones sociales, sobre todo ­teniendo que afrontar las bajas tasas de crecimiento que siguen caracterizando a la economía mundial.

Resulta prácticamente imposible alterar de forma significativa muchas de las causas a largo plazo de la evolución del coste de la energía y la comida. En consecuencia, la capacidad de nuestro sistema energético para facilitar el cumplimiento de objetivos ambientales y socioeconómicos depende principalmente del uso de la tecnología para consumir menos energía y hacer frente a lo obvio: que la Tierra es un planeta finito.

Calculando costes
Consideremos el planeta tal como era hace 200 años, antes de la industrialización y del incesante consumo de combustibles fósiles. En ese mundo, la biomasa (la leña, por ejemplo) y la comida constituían los combustibles dominantes. La comida y el forraje eran la fuente de energía de las principales fuerzas motrices de aquellas sociedades (como todavía ocurre en buena parte del mundo no desarrollado): los músculos humanos y los animales que trabajan la tierra. Si bien los molinos de viento y de agua utilizaban recursos renovables, la biomasa era lo que hacía funcionar en su mayor parte a la sociedad. Por tanto, en una perspectiva a largo plazo, debemos considerar la comida como parte de las fuentes de energía del planeta.

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