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Condiciones de contorno

Un mexicano, un alemán y una estadounidense trabajaban en un laboratorio de física...

OLIVER MUNDAY Y JASON ARIAS

Las naciones se enfrentan en el fútbol y rivalizan en las relaciones internacionales; la ciencia, en cambio, es una fuerza de unificación. Muchos de nuestros mayores logros parecen ser fruto de colaboraciones transnacionales. Un equipo de once laboratorios consiguió en 2003 identificar el coronavirus SARS (síndrome respiratorio agudo y grave) con una rapidez sin precedentes. Científicos de todo el mundo se han encaminado al Gran Colisionador de Hadrones del CERN, cerca de Ginebra, para dar caza allí al bosón de Higgs. El planeta está salpicado de centros de excelencia; el mundo de la ciencia se va haciendo cada vez más plano.

Lo que en esa tendencia ha pasado inadvertido es su efecto sobre la propia ciencia, y sobre las circunstancias en que se hace. Es un lugar común que los grandes descubrimientos proceden del pensamiento interdisciplinario —el químico aporta su saber a la teoría de materiales, el físico da su enfoque a un problema de biología, el biólogo explica a una ingeniero soluciones que ha dado la naturaleza, etcétera—. No son muchos, sin embargo, quienes se percatan de cuán más vigorosa se vuelve la ciencia cuando los miembros de un equipo abordan un problema desde sus diferentes raíces culturales. La diversidad internacional no es menos importante que la diversidad de disciplinas.

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