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1 de Agosto de 2012
Sostenibilidad

Energía y producción alimentaria

El aspecto más polémico de los biocombustibles reside en el uso de tierras cultivables. ¿Puede superarse este conflicto entre la demanda energética y la alimentaria?

FOTOLIA/HJSCHNEIDER

En síntesis

Durante los últimos años, el aumento en la producción de biocombustible ha provocado una escalada sin precedentes en el precio de los alimentos.

En el futuro inmediato no aumentará solo la población mundial, sino también el consumo energético medio y la ingesta de calorías por habitante.

Una solución podría llegar de la mano de los biocombustibles obtenidos a partir de biomasa no comestible y cultivos más eficientes.

Cuando en 2010 los pilotos de Ferrari conquistaron el primer y el segundo puesto en el Gran Premio de Bahréin, los depósitos de sus bólidos contenían un aditivo especial: biocombustible lignocelulósico, o de segunda generación. Hasta el mundo de los altos octanajes de la Fórmula 1 se ha hecho cargo del agotamiento de las reservas de crudo y la amenaza del cambio climático: desde 2008, las normas de la competición imponen que al menos un 5,75 por ciento del combustible empleado en las carreras de Fórmula 1 sea de origen vegetal. Pero el que llenaba el depósito de aquellos Ferrari poseía una característica muy particular: se había extraído de la parte no comestible de la planta, una de las vías por las que se persigue satisfacer las necesidades energéticas sin merma de la producción alimentaria.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las subidas de precio que en los últimos años han experimentado algunos alimentos figuran entre las más acusadas desde que existen datos. Dicho aumento se ha atribuido al uso de biocombustibles de primera generación, o derivados de las partes con valor nutritivo de ciertas plantas, como la caña de azúcar o el maíz. A la vista de los incidentes que la escasez de comida provoca en algunos países en vías de desarrollo, muchos se preguntan cuán prudentes —o éticas— son las políticas occidentales encaminadas a aumentar la producción de biocombustibles. ¿Es posible conseguirlo sin sustraer a la población mundial los alimentos que necesita?

En el caso de Ferrari podemos responder que sí. El biocombustible elegido para la ocasión fue etanol de paja, un producto residual de la agricultura. Desarrollado por Iogen, una compañía biotecnológica de Ottawa, este combustible para coches de carreras muestra uno de los caminos que quizá permitan dejar atrás la polémica. Si el uso de nuevos carburantes se conjugase con un mejor aprovechamiento de la tierra, quizá remontásemos el punto crítico que hoy nos obliga a elegir entre alimentos y combustible.

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