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  • Investigación y Ciencia
  • Agosto 2012Nº 431

Astrofísica

Super supernovas

Las estrellas de mayor tamaño mueren en explosiones más energéticas de lo que nadie creía posible, algunas provocadas en parte por la producción de antimateria.
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A mediados de 2005, el Observatorio W. M. Keck en Mauna Kea, Hawái, completó la mejora de uno de sus telescopios gemelos gigantes. Gracias a la posibilidad de corregir de manera automática los efectos de la turbulencia atmosférica, el instrumento podría obtener imágenes tan nítidas como las del telescopio espacial Hubble. En el Instituto de Tecnología de California (Caltech), Shrinivas Kulkarni nos animó a los investigadores jóvenes a solicitar tiempo de observación. Una vez que el resto de la comunidad astronómica se percatase de las enormes prestaciones de los telescopios, nos advirtió, habría mucha competencia.
Me uní a mis entonces compañeros de posdoctorado Derek Fox y Doug Leonard para llevar a cabo un estudio que hasta ese momento había sido patrimonio casi exclusivo del telescopio Hubble: la búsqueda de progenitores de supernovas [véase «Explosiones cósmicas bajo escrutinio», por Mario Hamuy, y «Progenitores de las supernovas de tipo Ia», por Pilar Ruiz-Lapuente, en este mismo número]. Deseábamos investigar el aspecto de una estrella que se encuentra a punto de explotar. Durante décadas, los astrofísicos teóricos han venido prediciendo qué clase de cuerpos celestes acabarán generando una supernova. Se sabe, por ejemplo, que las brillantes estrellas azules explotan pronto. Pero en astronomía «pronto» puede significar «en el próximo millón de años», por lo que armarse de paciencia y disponerse a mirar una estrella concreta para observar de principio a fin todo el proceso no constituía una opción.

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