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La adaptación del cerebro tras un trasplante de mano

La rápida recuperación del tacto y de la capacidad de agarre en antiguos amputados que han recibido un trasplante está demostrando la extraordinaria plasticidad del cerebro.

Gracias a una mano ajena, Donald Rickelman es capaz de tocar y sujetar objetos. [LYNDON FRENCH]

En síntesis

El trasplante de mano es una intervención compleja y conlleva una recuperación larga y difícil. Su éxito no radica solo en impedir el rechazo, sino en la funcionalidad que adquieren los pacientes con la mano trasplantada.

Mediante resonancia magnética funcional se está investigando el modo en que se reconfigura el cerebro después de una amputación y después de un trasplante de mano.

Los datos están demostrando que el cerebro se adapta con rapidez al restablecimiento de los estímulos muchos años después de haber quedado anulados. Esta elevada neuroplasticidad permite albergar esperanzas a las personas que han sufrido amputaciones o traumatismos graves.

En febrero de 1964, el ecuatoriano Roberto Gilbert Elizalde, cirujano formado en la Clínica Mayo pero con ejercicio en su Guayaquil natal, encontró al candidato idóneo para el prodigio que venía preparando en el laboratorio. Julio Luna era un marinero de 28 años que había perdido la mano derecha por la explosión de una granada. Inspirándose en el trasplante de un riñón realizado con éxito en los Estados Unidos, Gilbert se propuso implantarle a Luna la mano de un paciente que acababa de fallecer.

Nueve largas horas trabajó el equipo de Gilbert para preparar el miembro maltrecho de Luna, antes de proceder a unir metódicamente sus huesos, tendones, vasos, músculos y piel con el antebrazo de un jornalero que había muerto de una hemorragia estomacal. Aplicando las últimas técnicas de microcirugía, suturaron los delicados fascículos nerviosos con la esperanza de que, en los meses siguientes, las fibras motrices y sensitivas crecieran desde el antebrazo de Luna hasta inervar la nueva extremidad en toda su extensión.

Agotados, cuando llegó la hora de retirar las pinzas de hemostasia, contuvieron el aliento con angustia hasta que la sangre de Luna regó la mano inerte, devolviéndole el color y la vida. Se sucedieron las llamadas de larga distancia para felicitarlos, y al día siguiente la noticia estaba en el New York Times: «Trasplantada a un hombre la mano de un fallecido». Se convirtió así en una de las primeras partes del cuerpo humano en ser trasplantadas, después del riñón y la córnea. El salto era muy arriesgado: «Varios especialistas consultados ayer aseguraban que las posibilidades de que el éxito fuera definitivo eran bajísimas», advertía el rotativo neoyorquino.

Durante la primera semana, parecía que los escépticos se habían equivocado. Cuando Luna contraía los músculos del antebrazo, los tendones de la nueva mano movían los dedos. Le administraron uno de los primeros inmunodepresores, la azatioprina, para prevenir el rechazo, pero en la segunda semana quedó patente que no bastaría con eso. Cuando apareció la gangrena, hubo que enviarlo a Boston, donde fracasó el último intento por salvarle la mano. A los 23  días de la primera operación, Luna volvía a ser un amputado.

La clase médica alabó y reprobó a Gilbert por igual. Los detractores tacharon la operación de antiética, peligrosa e inútil, porque no era necesaria para salvarle la vida a Luna, una postura que todavía sostienen hoy algunos expertos en relación con los trasplantes de mano. Tuvieron que pasar tres decenios para que volviese a contemplarse este tipo de cirugías.

A lo largo de esos años, las técnicas quirúrgicas evolucionaron, mientras que el desarrollo de inmunodepresores más eficaces (primero la ciclosporina y luego la rapamicina y el tacrólimus) permitió que el trasplante de algunos órganos sólidos (riñón, hígado, corazón) se convirtiese en algo casi rutinario. En los noventa, estos potentes fármacos alentaron la esperanza en torno a los injertos de tejidos múltiples: muscular, óseo, cutáneo, nervioso y vascular. Así nacía el campo de los alotrasplantes de tejidos compuestos. En 1998, un equipo francés practicó el segundo trasplante de mano de la historia, y poco después se repetía la hazaña en el Hospital Judío de Louisville, en Kentucky: el receptor, Matthew Scott, que pronto celebrará el 22.o aniversario de aquella operación, todavía conserva la mano.

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