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Vida en las profundidades del subsuelo marino

El mundo microbiano recién descubierto en antiguas rocas basálticas, muy por debajo del fondo oceánico, apunta a la posible existencia de vida en otras partes del universo.

Mucho más allá del lecho marino, en la corteza oceánica, se están descubriendo microorganismos a profundidades cada vez mayores, lo que hace sospechar que la combinación correcta de rocas y agua podría bastar como sustento para la vida en casi cualquier lugar. [GETTY IMAGES/RATPACK223/ISTOCK]

En síntesis

Desde hace décadas se vienen estudiando los ambientes más extremos e inhóspitos donde puede persistir la vida microbiana, lejos de la luz solar.

Hace poco se ha dado un paso más y se han descubierto microorganismos en rocas volcánicas situadas muy por debajo del fondo marino, en la misma corteza oceánica.

Los nuevos estudios describen sistemas biológicos que emplean fuentes de energía y se rigen por escalas de tiempo distintas a las habituales, lo que hace pensar en la existencia de vida en otras partes del universo.

Con una resistencia casi increíble, los microorganismos medran en manantiales hirvientes, desiertos totalmente secos, charcas ácidas y hielos polares, tanto a kilómetros de altura como a kilómetros de profundidad bajo el lecho marino. Y, aunque los científicos anhelan descubrir microbios en dominios aún más desapacibles, más allá de nuestro sistema solar, es en la última frontera terrestre, el subsuelo profundo, donde ahora progresan sus trabajos sobre la extrema capacidad de adaptación de la vida.

Desprovisto de luz y de nutrientes esenciales, sometido a presiones inconcebibles, el subsuelo más profundo parecería un lugar despiadadamente inhóspito. Sin embargo, constituye uno de los mayores hábitats de la Tierra. Su singularidad, además, obliga a los expertos a considerar la existencia de sistemas biológicos que emplean fuentes de energía y se rigen por escalas de tiempo completamente diferentes a las que estamos acostumbrados los habitantes de la superficie.

Los científicos llevan décadas estudiando cómo y dónde persisten, e incluso proliferan, los microbios bajo los océanos, lejos de la luz solar. La mayoría de las investigaciones se han centrado en los sedimentos marinos, el lodo y los detritos altamente compactados, que en algunos lugares alcanzan varios kilómetros de espesor. Pero debajo yace la roca volcánica, la corteza en sí misma, y allí la vida es todavía más difícil de acceder y de analizar. Además, las muestras escasean.

«Todavía no disponemos de un mapa del paisaje microbiano del subsuelo profundo», explica Karen Lloyd, microbióloga de la Universidad de Tennessee, en Knoxville. Por tanto, según la experta, los que estudian la diversidad de sus ambientes ni siquiera pueden hacer generalizaciones simples, como la que afirma que «los bosques tienen árboles y los peces nadan en los océanos».

Pero los últimos descubrimientos han abierto por fin una ventana a ese mundo y a los microbios que lo habitan. Igualmente, nos han ofrecido un atisbo sobre el origen y la evolución de la vida, no solo en nuestro planeta, sino posiblemente en otras partes del universo.

Vida sin sol

El estudio de la corteza terrestre ha sido en gran medida competencia de los geólogos. Los primeros indicios de que también podrían ser del interés de los microbiólogos se remontan a 1926, cuando se descubrieron bacterias en los pozos petrolíferos profundos de Illinois. Sin embargo, ese hallazgo no se tomó en serio durante décadas: la contaminación de las muestras parecía mucho más probable que la posibilidad de que existieran organismos tan desconectados de la fotosíntesis, un proceso impulsado por el sol que sustenta la vida en el resto del planeta. Tampoco ayudó que, en la década de los cincuenta, dos microbiólogos realizaran unos experimentos que los llevaron a fijar el límite inferior de la biosfera en los sedimentos situados a unos pocos metros por debajo del lecho marino.

En 1977, todo empezó a cambiar. A bordo de un submarino, un equipo de científicos exploró una cresta oceánica que se extendía entre dos placas tectónicas cerca de las islas Galápagos y descubrió las primeras chimeneas hidrotermales. Allí, la Tierra arrojaba nubes de humo negro al mismo tiempo que de las grietas de las rocas emanaban unos fluidos muy calientes y ricos en minerales que se mezclaban con el agua marina, extremadamente fría. Alrededor de las chimeneas florecía todo un ecosistema donde habitaban gusanos tubícolas, almejas gigantes y crustáceos sin ojos. Y resultó que en el lugar moraban también una ingente cantidad de microbios que les servían de sustento.

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