A lo largo de los últimos 35 años, los esfuerzos por producir máquinas pensantes han cosechado una curiosa mezclade éxitos y fracasos. Los ordenadores han llegado a adquirir maestría en tareas tan intelectuales como el ajedrez y el cálculo integral, pero todavía están por alcanzar los talentos de una langosta para habérselas con el mundo real. Personas ajenas al campo de la inteligencia artificial han argumentado que tal ambición está condenada al fracaso; los ordenadores son, por natulareza, incapaces de auténtica cognición. En las páginas siguientes, John R. Searle, de la Universidad de California en Berkeley, sostiene que los programas informáticos jamás podrán dar origen a mentes. En el bando contrario, Paul M. Churchland y Patricia Smith Churchland, de la Universidad de California en San Diego, afirman que los circuitos construidos tomando al cerebro por modelo podrían muy bien llegar a poseer inteligencia. Tras este debate subyace la cuestión de la naturaleza del pensamiento. ¿En qué consiste pensar? Esta cuestión ha intrigado a los humanos (únicos entre de los que se sabe que lo hacen) desde hace milenios. Los ordenadores, que hasta el momento no piensan, han dado a la pregunta una nueva orientación y han echado por tierra muchas aproximaciones. La respuesta definitiva sigue en el alero.

 

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¿Podría pensar una máquina?

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