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1 de Mayo de 2008
Geología

Rotura de las placas tectónicas

Las cicatrices de antiguas colisiones marcan el camino por donde los continentes vuelven a romperse.
Cuando las aves evolucionaron a partir de los reptiles, hace entre 100 y 200 millones de años, nacía el océano Atlántico. Su formación señalaba la destrucción de un supercontinente, Pangea, en el que todos los continentes de la Tierra se habían reunido para formar una isla gigante rodeada por un océano global. Pangea no es el único supercontinente de la historia de la Tierra, pero sí el más reciente. Las masas continentales actuales han derivado alrededor del globo terráqueo chocando unas con otras y separándose posteriormente varias veces durante los últimos 3000 millones de años. Esos ciclos de confrontación y dispersión continental han afectado a la corteza terrestre, el manto subyacente, la atmósfera, el clima y la vida en el planeta.
De la misma forma que las colisiones continentales originan cadenas montañosas, las roturas generan profundos valles intracontinentales (rifts, como el Gran Valle del Rift en el este del continente africano) o, si la separación va a más, cuencas oceánicas. Pero no todos los océanos se crean por la rotura y separación de grandes bloques continentales. Algunos se forman cuando pequeños y estrechos "microcontinentes" (del tamaño y forma de Nueva Zelanda o Japón) se desgajan del margen de un bloque continental y se alejan, creando tras su paso una nueva cuenca oceánica. Stephen Johnston, de la Universidad de Victoria, llama a esos esbeltos titanes "continentes acintados" ("ribbon continents"); junto con las cuencas oceánicas asociadas a su origen, desempeñan una función fundamental en la dinámica de la corteza terrestre.

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