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1 de Noviembre de 2016
Evolución

Moldeados por la tecnología

¿Cuál será nuestro futuro como especie?

LINDA BUCKLIN/ISTOCKPHOTO (robot); INARIK/ISTOCKPHOTO (bebé); ENRIQUE RAMOS LÓPEZ/ISTOCKPHOTO (fondo); INVESTIGACIÓN Y CIENCIA (composición)

En síntesis

Nuestra especie se halla inmersa en una carrera tecnológica en la que máquinas, microorganismos y humanos no solo cambiarán, sino que lo harán coevolucionando de forma cada vez más estrecha.

Tales cambios se han acelerado en las últimas décadas. El origen de dicha aceleración se remonta a la segunda mitad del siglo XX, cuando se inició una eclosión científica y técnica que alteró por completo nuestra relación con la información y la biología.

Al menos tres procesos de coevolución tecnológica moldearán nuestra especie en un futuro no tan lejano: la coevolución de nuestra capacidad de innovación con la inteligencia artificial, la de ciudades y microbiomas, y la emergencia de «cerebros híbridos» de máquinas y humanos.

A menudo damos por sentado que nuestra especie ha dejado de evolucionar, ya que nuestro carácter social y el inmenso impacto de la tecnología sobre el entorno nos han situado al margen de la selección natural. Sin embargo, esta afirmación es solo parcialmente cierta. La emergencia de la tecnología y su rápida propagación han marcado un punto de inflexión en nuestra relación con la naturaleza, pero no un punto final desde una perspectiva evolutiva. En el futuro, los humanos seguiremos evolucionando, solo que lo haremos de un modo particular: de la mano de la tecnología.

Dicho proceso no es nuevo. En el pasado, el desarrollo de algunas innovaciones, como las armas de caza arrojadizas, tuvo consecuencias que modificaron la fisiología y la genética de nuestros ancestros. Cazar un animal de grandes dimensiones exige cierto grado de desarrollo muscular y estructura ósea para afrontar los peligros y la escala del enfrentamiento cuerpo a cuerpo. No obstante, una vez que aparecieron las lanzas y los arcos, la presión selectiva favoreció la habilidad para hacer diana en la presa y la cooperación entre cazadores. Esas y otras innovaciones desembocaron en cuerpos más estilizados y menos costosos desde el punto de vista de los recursos necesarios para mantener a cada miembro de un grupo. Cocinar y cortar la carne alteró también nuestros requerimientos para masticar. A medida que la comida se hizo más digerible, nuestras mandíbulas cambiaron y los dientes redujeron su tamaño, en un proceso que, previsiblemente, dará lugar a la futura desaparición de los molares posteriores, o «muelas del juicio».

Pero la intervención humana sobre la biosfera no se ha limitado a la construcción de herramientas o máquinas. También hemos modificado los seres vivos mediante un proceso de selección, dirigido a obtener las variantes de plantas y animales más útiles para disponer de reservas de alimentos abundantes y seguras. A medida que la humanidad ha ido dominando la creación de sus propios nichos ecológicos, nuestra población no ha dejado de crecer y la esperanza de vida se ha extendido de forma extraordinaria.

El control de los sistemas vivos ha pasado también por entender los patógenos y luchar contra ellos. Las infecciones y las epidemias han sido dos de los retos abordados por la ciencia desde finales del siglo XIX. Sin embargo, el triunfo de la medicina ha dado lugar a un nuevo proceso de coevolución que ha derivado en la aparición de microorganismos resistentes a los antibióticos. Como siempre ocurre en la naturaleza, las modificaciones en el entorno generan necesariamente nuevos cambios, no siempre fáciles de predecir.

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