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  • Noviembre 2016Nº 482
Apuntes

Biología

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Tensión en la taxonomía

Los defensores del código de barras genético y los taxónomos tradicionales mantienen un enconado debate sobre el modo de catalogar la vida.

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Hace un par de meses, los coleópteros fueron degradados. Los biólogos pensaban desde hacía tiempo que el de los escarabajos era el orden más diverso, pero según un nuevo estudio publicado en Philosophical Transactions of the Royal Society B, ese honor recae ahora en las moscas y mosquitos que integran el orden de los dípteros. Este hallazgo ha disparado la tensión en los círculos de expertos en taxonomía, como parte de un debate abierto sobre el modo de definir una especie.

La nueva designación de los dípteros tuvo lugar después de que científicos de la Universidad de Guelph analizaran más de un millón de insectos con el código de barras de ADN, un método taxonómico computarizado que identifica un perfil genético a partir de un fragmento de ADN del animal. Ese perfil recibe un número índice de código de barras (BIN, por sus siglas en inglés), que representa a la especie. Con ese análisis han descubierto que una familia de dípteros tenía 16.000 BIN, lo cual multiplica por diez los cálculos anteriores. Si se extrapola a escala mundial, este hallazgo podría cambiar la visión arraigada que tenemos de la vida en la Tierra, asegura Paul D. N. Hebert, su autor principal.

Pero muchos taxónomos tradicionales discrepan de la idea de que un BIN sea equivalente a una especie. «Este artículo pone de relieve una diferencia realmente esencial sobre el modo de catalogar la biodiversidad, de tal modo que sus cifras y las nuestras a veces difieren en más de un orden de magnitud», afirma Doug Yanega, entomólogo clásico de la Universidad de California en Riverside. «Verdaderamente, supone una diferencia abismal. Es como si estuviéramos observando planetas distintos.»

Los tradicionalistas, que clasifican las especies examinando y comparando especímenes de carne y hueso, argumentan que los códigos de barras ayudan a ubicar los seres vivos en órdenes y familias, pero carecen de la resolución para clasificar a las propias especies. De hecho, los taxónomos ya han adoptado plenamente la filogenia molecular, que a menudo recurre al ADN para dilucidar las relaciones evolutivas. «El código de barras del ADN no es un sustituto de la taxonomía clásica», asegura Andrew V. Z. Brower, profesor de biología en la Universidad estatal de Middle Tennessee. «Todo lo que hace es señalar problemas para que los taxónomos puedan investigarlos.» Aun así, los defensores del código de barras (un pequeño pero influyente grupo en su ámbito) aseguran que el método es preciso y esgrimen estudios en que el número de especies determinado con dicha técnica concuerda con los recuentos anteriores. Así sucede con los coleópteros europeos. Algunos también abogan por esta técnica porque permite analizar con rapidez y economía volúmenes ingentes de ADN, lo que acelera drásticamente el conocimiento sobre la biodiversidad en una época en que la actividad humana está poniendo en peligro inminente a especies desconocidas. «No podemos permitirnos el lujo de esperar [a que la taxonomía clásica acabe el trabajo]. Corremos el grave riesgo de quemar el libro de la vida antes de haberlo leído», advierte Hebert.

El consenso general es que el código de barras genético ha suscitado preguntas legítimas. Pero muchos taxónomos se niegan a equiparar los BIN con las especies hasta que la técnica no se haya refinado. «Es una herramienta potente para obtener una visión general de la biodiversidad, pero cuando uno considera que cada código de barras equivale a una especie, surgen problemas. Aún es un nuevo mundo por descubrir», opina Dee Ann Reeder, bióloga de la Universidad Bucknell. Por ahora, tal vez lo único cierto en todo este debate sea la extinción y los taxones.

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