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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2016Nº 482
Filosofía de la ciencia

Filosofía de la ciencia

Transhumanismo: entre el mejoramiento y la aniquilación

El transhumanismo busca el mejoramiento humano mediante la tecnología. Las promesas que se hacen en su nombre son muy ambiciosas, pero no todas están igualmente justificadas.

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A medida que el ser humano ha ido transformando el mundo con la tecnología, se ha ido también transformando a sí mismo. Su relación con la tecnología no es, pues, accidental, sino constitutiva. En este sentido, puede decirse que el ser humano es el primer bioartefacto; un producto de su propia tecnología. A lo largo de los siglos, este poder de transformación estuvo fundamentalmente en manos de técnicas culturales como la escritura, la educación, las leyes y el Estado, pero también desempeñaron un papel central las de tipo biológico, como los procedimientos agrícolas y ganaderos tradicionales o las técnicas de procesamiento, conservación y utilización de alimentos. Un efecto claro de estas últimas se manifiesta en el hecho de que ciertas poblaciones humanas han adquirido evolutivamente la capacidad para digerir la lactosa en edad adulta [véase «Genes, cultura y dieta», por Olli Arjamaa y Timo Vuorisalo; Investigación y Ciencia, junio de 2010].

Todas estas tecnologías han ido conformando al ser humano de forma lenta e indirecta. Modificaban primero su entorno cultural o natural, su circunstancia vital; esto producía a su vez cambios en los individuos y finalmente en la propia condición humana. En el siglo XX, sin embargo, el progreso técnico ha abierto una senda que en el pasado estuvo solo en la imaginación de algunos literatos y visionarios: se ha vuelto factible la posibilidad de aplicar la tecnología a la transformación directa del ser humano. El transhumanismo no es más que el reconocimiento complacido de que esta posibilidad está ya ahí, y la afirmación de que debe ponerse a nuestro alcance. Dentro de este heterogéneo movimiento cultural, filosófico y social, algunos son lo suficientemente radicales como para anhelar la superación (y desaparición) de la especie humana y su sustitución por una o varias especies posthumanas, que serían sus herederas evolutivas. Otros no quieren llegar a tanto. Se conforman con buscar mejoras dentro de unos límites que nos dejarían aún seguir siendo humanos.

La diversidad es tal que no todos los que se dejan incluir bajo el apelativo de transhumanista o posthumanista ven las cosas del mismo modo en lo que al significado de este término se refiere. Hay un transhumanismo cultural, desarrollado especialmente por corrientes feministas y por la llamada «filosofía continental», que busca ante todo subvertir los ideales del humanismo moderno, centrados en una visión del ser humano que se considera sesgada sexual, racial y culturalmente. Sus pretensiones de universalidad no habrían hecho más que imponer un estereotipo humano que ha resultado ser un elemento de opresión más que de liberación; un recurso para dividir. Hay, pues, que romper las viejas dicotomías que este estereotipo fundó o de las que bebió (masculino/femenino, animal/humano, viviente/máquina, natural/artificial). El transhumanismo cultural toma como icono de esta superación el cíborg, que no tendría sexo ni se atendría a límites entre lo vivo y lo inerte, entre lo natural y lo artificial. El cíborg no tiene identidad fija. Su condición es múltiple y cambiante. Es, pues, una referencia contra la pureza y las fronteras identitarias permanentes. Donna Haraway, filósofa de la Universidad de California y autora del Manifiesto cíborg (1985), es la pensadora más influyente en esta orientación.

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