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1 de Agosto de 2013
Astronomía

Cuatro noches estrelladas

En el desierto más seco de la Tierra, una astrónoma escudriña el cielo en busca de pistas sobre la evolución de la Vía Láctea. Lo que sigue a continuación es el relato de uno de sus viajes, efectuado en marzo de 2011.

ESO

En síntesis

Aunque los astrónomos conocen muy bien la estructura actual de nuestra galaxia, sus orígenes y desarrollo continúan planteando todo tipo de preguntas.

La autora viaja con regularidad al desierto de Atacama, desde donde investiga las galaxias satélite de la Vía Láctea y las estrellas del halo galáctico.

A partir del espectro de una estrella puede inferirse su edad. Las estrellas del halo de la Vía Láctea y las de sus galaxias enanas parecen ser coetáneas.

Esos datos sugieren que la Vía Láctea habría crecido engullendo las pequeñas galaxias satélite de sus inmediaciones, un proceso que parece continuar hoy en día.

Llegada
Una vez acomodados en la camioneta roja, el conductor deja atrás el aeropuerto y me lleva a través del desierto de Atacama hasta el cerro Manqui, un pico aislado. Dos horas más tarde, cuando el vehículo sortea una curva de la tortuosa carretera que lleva a la cumbre, doy la bienvenida a una imagen familiar: la luz del sol reflejándose sobre las cubiertas plateadas de Baade y Clay, los telescopios gemelos Magallanes. Mi corazón se acelera. A partir de mañana por la noche, el telescopio Clay será todo mío.

Unas tres veces al año viajo desde Boston hasta el Observatorio de Las Campanas, en Chile, para intentar esclarecer algunos de los misterios que aún quedan por resolver sobre la evolución de nuestra galaxia. Aunque los astrónomos estamos muy familiarizados con la anatomía de la Vía Láctea, ignoramos todavía numerosos detalles acerca de su nacimiento y desarrollo. Las simulaciones por ordenador sugieren que, en el universo temprano, miles de pequeñas galaxias rodeaban la Vía Láctea. Esta habría crecido a costa de sus hermanas menores, devorando a muchas de ellas. Mi trabajo se centra en validar dicha hipótesis. Para ello, comparo la composición química de las estrellas viejas del halo galáctico (el «extrarradio» de la Vía Láctea) con la de las estrellas antiguas de las galaxias enanas que, aún hoy, orbitan cerca de la Vía Láctea. Si las simulaciones son correctas, todos estos astros deberían mostrar una composición muy similar.

Eso es lo que han venido mostrando los estudios realizados durante los últimos años. Con toda probabilidad, la Vía Láctea ha crecido engullendo galaxias enanas cercanas e incorporando sus estrellas al halo. Incluso en la época actual, nuestra galaxia parece seguir aumentando su tamaño gracias a las corrientes estelares arrebatadas a las galaxias enanas vecinas. Los astrónomos, sin embargo, aún no hemos recopilado datos suficientes para plasmar tales ideas en los libros de texto. Por ello, de vez en cuando debemos abandonar nuestros despachos universitarios y viajar a algún lugar remoto —preferiblemente, situado a gran altitud— para enfrentarnos al cielo nocturno en su descarnada belleza. Esos viajes me recuerdan por qué me enamoré de la ciencia. Es eso lo que me gustaría mostrarles.

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