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JUSTIN METZ

Fabricar algo es aplicar orden con inteligencia. Dado que el orden que observamos en la naturaleza no nos satisface, debemos modificarlo. Para ello, necesitamos información sobre el aspecto de ese nuevo orden, conocimientos para construirlo y energía para llevar a cabo el proceso. Las grandes revoluciones técnicas del pasado se han centrado en el factor energético. A modo de ejemplo, valga mencionar las centrales hidroeléctricas, la máquina de vapor o los motores eléctricos y de combustión interna.

Pero el profundo cambio tecnológico que se está gestando en nuestros días no se basa en la energía, sino en la información. Todos los materiales que componen un Boeing 747 o un iPhone son relativamente comunes, con un coste que apenas excede unos pocos dólares el kilogramo. El producto final, sin embargo, se vende a un precio de miles de dólares por kilogramo. La mayor parte de ese valor añadido procede de la información. Hoy es dicho sector el que está creando nuevas profesiones.

En su discurso sobre el estado de la Unión de este año, Barack Obama habló de «devolver puestos de trabajo» a los EE.UU.; una frase que parecía reclamar el regreso a un pasado mejor. Pero los puestos de trabajo no «vuelven»: evolucionan. Hoy por hoy, el mayor crecimiento en manufactura está teniendo lugar en China, India y otros países emergentes, lo que está contribuyendo a su desarrollo económico. Pero la maquinaria, los materiales y el conocimiento deben provenir de algún sitio. En este contexto, la oportunidad para los países avanzados reside en construir utensilios de alta tecnología que permitan la fabricación de nuevas herramientas, así como en proporcionar los programas, la financiación, la logística y la mercadotecnia necesarios para manipular las materias primas del modo más inteligente posible. Ello permitirá que la fabricación continúe almacenando cada vez más información y conocimientos con menos materiales y con un menor coste energético, contribuyendo así a ordenar el mundo de acuerdo a nuestras necesidades.

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