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1 de Marzo de 2018
Medicina

Cuando nuestras defensas se vuelven contra los fármacos

Muchos de los medicamentos más modernos desencadenan un ataque inmunitario por parte de nuestro propio organismo, que los incapacita.

BILL MAYER

En síntesis

Los anticuerpos que actúan contra los fármacos (ADA, de antidrug antibodies) son un problema grave y cada vez mayor; desatan una reacción inmunitaria que destruye numerosos medicamentos actuales o suprime sus efectos.

Los fármacos contra el cáncer, las cardiopatías y otras enfermedades graves no funcionan cuando son atacados por estos anticuerpos.

Las nuevas medidas para neutralizar los anticuerpos consisten en enseñar al organismo a tolerar los medicamentos mediante una estrategia similar a la de las vacunas.

Hasta donde le alcanza la memoria, Ken Martin ha luchado contra la deslealtad de su propio cuerpo, incluso mientras crecía en una pequeña granja de Michigan. Martin, que ahora tiene 50 años, nació con hemofilia y sangra casi sin control cuando se corta. Si sufre alguna lesión en una vena o una arteria internas, la sangre que transportan se acumula debajo de la piel, formando un globo muy doloroso. Cuando le pasa en las rodillas, como ocurre a menudo, se ve obligado a utilizar muletas o una silla de ruedas hasta que la hemorragia se detiene lentamente.

Y, lo que es peor, a Martin su cuerpo le ha supuesto un doble contratiempo. Las personas que padecen hemofilia carecen de un gen que fabrica una proteína esencial para la coagulación de la sangre, y muchas de ellas reciben infusiones periódicas de la molécula que les falta, denominada factor VIII. Pero si Martin recibe una inyección de esta proteína coaguladora, su sistema inmunitario lanza una multitud de anticuerpos contra ella, eliminándola como si se tratara de un microorganismo infeccioso. «Nunca me han ido bien las pautas que llevan factor VIII», afirma Martin, quien, a pesar de su enfermedad, está casado, tiene dos hijos y ha triunfado como ingeniero de diseño en la industria del automóvil. Para tratar las hemorragias, pone en alto la zona inflamada, le aplica hielo y la mantiene en reposo; y le echa mucha paciencia, según cuenta. En los Estados Unidos hay unas 20.000 personas con hemofilia, y alrededor del 30 por ciento de las que padecen el mismo tipo que Martin sufren esos mismos ataques por parte de los anticuerpos.

El problema de los anticuerpos que actúan contra los fármacos (ADA, de antidrug antibodies) va mucho más allá de los trastornos de la coagulación. Los ADA suponen un obstáculo para los más recientes medicamentos contra el cáncer, las cardiopatías y diversas enfermedades autoinmunitarias, como la artritis reumatoide. Estos medicamentos, que se denominan biofármacos, imitan a las proteínas naturales. Por eso muchas veces son más eficaces que los fármacos tradicionales, como los comprimidos o píldoras que solemos tomar, que contienen compuestos sintéticos. Pero como nuestro sistema inmunitario funciona para detectar a las proteínas que le son extrañas, algunos pacientes reaccionan a los biofármacos como si se tratara de bacterias invasoras y desencadenan un violento ataque que rara vez se observa con los medicamentos tradicionales. El resultado es que el biofármaco puede ser anulado o destruido antes de que pueda hacer ningún bien.

Los primeros fabricantes de biofármacos pensaron que, dado que muchos de ellos estaban constituidos por genes y proteínas humanos, el sistema inmunitario no los consideraría extraños. Pero esta suposición resultó ser demasiado optimista. Cuando se produjeron reacciones, fueron de tal intensidad que destruyeron al fármaco. El conocimiento de esa respuesta ha despertado alarma, puesto que los biofármacos se han convertido en una parte fundamental de nuestro arsenal médico. Según la empresa de investigación IMS Institute for Healthcare Informatics, en 2002 representaban el 11 por ciento del mercado farmacéutico mundial; en 2017, entre el 19 y el 20 por ciento, y los laboratorios siguen fabricando más. «La explosión de los biofármacos en el mercado y en las líneas de investigación hace que nos preocupen mucho su eficacia y seguridad», afirma Amy Rosenberg, directora de la división que regula las proteínas terapéuticas en la Agencia Federal de Fármacos y Alimentos de EE.UU. (FDA).

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