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  • Marzo 2018Nº 498

Agricultura

La revolución del fitobioma

La explotación de la compleja red que enlaza los cultivos con los microorganismos, el suelo, la fauna y otros factores ambientales promete mejorar las cosechas.

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Mercedes Díaz camina pesadamente por un campo de soja embarrado al tiempo que con la yema de sus dedos acaricia la punta de docenas de plantas que se alzan hasta la rodilla. Mientras inspecciona los tallos, las hojas y las vainas de semillas, musita una lista de enfermedades: barrenador de la vaina, mancha ojo de rana, podredumbre blanca. De pronto, vislumbra una maraña de hojas moteadas y exclama «¡SMS!», siglas del síndrome de muerte súbita. Arranca una y me la pasa. Doy vuelta a la hoja, arrugada y del tamaño de la palma de mi mano. Multitud de orificios irregulares horadan la superficie, acompañados de feas manchas de tono pardusco amarillento: son los efectos de una toxina segregada por un hongo que invade la planta, devora el follaje desde el interior y consume las vainas. El SMS es una de las mayores plagas que azota Estados Unidos. Según la Unión de Productores de Soja (USB), costó a sus agricultores más de un millón y medio de toneladas de producción en 2014. Y pese a todo, Díaz no podía estar más gozosa al verla en su campo.

Esta fitopatóloga es una de los muchos investigadores que buscan nuevas formas de proteger los cultivos contra las amenazas con el fin de aumentar drásticamente el rendimiento. En 2016, su equipo recubrió semillas con miles de microbios distintos y las sembró, junto a parcelas de control plantadas con semillas sin tratar, en medio millón de puntos repartidos por todo el medio oeste y el sur de Estados Unidos. A lo largo del perímetro de estos campos, los investigadores dispusieron parcelas centinelas, sembradas con variedades sensibles a enfermedades que actúan como el proverbial canario en las minas de carbón, advirtiendo del daño que podrían padecer el resto de los cultivos. Cuando Díaz encuentra SMS o alguna otra plaga en las parcelas centinela pero no en las parcelas experimentales, podría ser una señal de que los microbios están actuando y ayudando a producir cultivos más sanos y productivos.

Sin embargo, en aquel lluvioso día de septiembre, Díaz descubrió que tanto las parcelas experimentales como las de control habían escapado al destino de las centinelas. Los microbios no marcaron la diferencia, ¿o quizá sí? Incluso una mejora productiva de 400 kg por hectárea (sobre un promedio ligeramente superior a los 3300 kg por hectárea de soja) es casi imposible de apreciar a simple vista. Tendría que esperar a que se cosecharan las plantas y a analizar los datos para saber si alguno de los microbios sirvió a los fines esperados.

La investigación agronómica suele ser un proceso lento, impredecible, pero los expertos como Díaz creen que es una carrera contrarreloj. Si la agricultura no cambia radicalmente durante las décadas venideras, es posible que no haya suficiente comida para toda la humanidad. Se calcula que la población mundial pasará de 7500 a 9700 millones de habitantes en 2050. Para alimentar todas esas nuevas bocas y satisfacer la creciente demanda de carne, será preciso que los agricultores aumenten en un 70 por ciento la producción, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Se trata de un gran reto que se hace aún mayor por una serie de tendencias preocupantes. La superficie de tierra cultivable está disminuyendo por culpa de la urbanización y del cambio climático, entre otros factores. Los incrementos anuales en el rendimiento de las cosechas básicas se han estancado. El uso de abonos ha alcanzado un punto de inflexión en el que verter más productos químicos en los campos probablemente hará más daño que bien. Ni siquiera los cultivos genéticamente modificados han cumplido las expectativas de aumentar la producción de alimentos.

«Tenemos que dejar de buscar soluciones milagrosas», advierte Jan Leach, fitopatólogo de la Universidad Estatal de Colorado. «Este no es un problema que pueda resolver ninguno de nosotros por su cuenta; requerirá equipos multidisciplinares cuyos integrantes tendrán que cooperar como nunca se ha visto.» Leach y otros defienden un enfoque integral, que contemple la interacción de todos los componentes del campo de cultivo (las plantas, el suelo, los microbios, los insectos y el clima, conocidos colectivamente como el fitobioma) para determinar el rendimiento de las cosechas. El concepto se remonta a los naturalistas del siglo XIX Alfred Russel Wallace y Charles Darwin, quienes presentaron la naturaleza como una red vasta y entrelazada en que las especies vivientes se hallan inmersas en una perpetua adaptación al entorno cambiante en el que viven.

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