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1 de Octubre de 2019
Medicina

Control darwiniano del cáncer

Los principios de la evolución y de la selección natural nos conducen hacia estrategias de farmacoterapia oncológica radicalmente nuevas.

MARIA CORTE

En síntesis

Las iniciativas médicas para vencer el cáncer se suelen centrar en las mutaciones malignas de la célula y en grandes dosis de fármacos tóxicos que persiguen acabar con el mal de raíz.

Un nuevo concepto subraya que el crecimiento tumoral es estimulado por cambios en el exterior de la célula, alteraciones del tejido circundante que aceleran la evolución de los rasgos cancerosos.

La estrategia evolutiva, puesta a prueba en animales y en pacientes con cáncer de próstata avanzado, limita la selección natural de las células tumorales gracias al uso moderado de la quimioterapia.

Este año, a 31.000 estadounidenses se les diagnosticará un cáncer de próstata diseminado a otras partes del cuerpo, como los huesos o los ganglios linfáticos. La mayoría serán atendidos por oncólogos cualificados y con gran experiencia, que tendrán a su disposición los 52 fármacos autorizados para tratar esta afección. A pesar de todo, más de tres cuartas partes sucumbirán.

El cáncer diseminado, metastásico, rara vez tiene cura. Son muchas las razones por las que el paciente muere pese a recibir tratamiento, pero todas nos remontan a la idea difundida en 1859 por Charles Darwin para explicar el auge y la caída de los pájaros y los galápagos, que hoy llamamos evolución.

Pensemos en una célula cancerosa como en los pinzones de Darwin. Provistos de picos un poco distintos, habitan en cada isla de las Galápagos, donde comen semillas de formas o características diversas, propias de cada isla. Aquel cuyo pico encaje mejor con las semillas autóctonas conseguirá más alimento y engendrará una descendencia numerosa, que también poseerá ese pico concreto. Los dotados con picos menos adaptables no tendrán tanto éxito. Esta selección natural se encargó de que en cada isla evolucionaran especies distintas de pinzones, con un pico característico. La clave radica en que cuando dos grupos de seres vivos compiten en un espacio reducido, acaba imponiéndose el mejor adaptado al entorno.

Las células cancerosas evolucionan de modo parecido. En cualquier tejido, las células sanas prosperan porque están mejor capacitadas para captar las señales de crecimiento, los nutrientes y las pistas físicas que reciben del tejido sano circundante. Si una mutación crea una célula cancerosa poco adaptada a ese entorno, sus posibilidades de supervivencia serán mínimas: las sanas la desplazarán en su competencia por los recursos. Pero si el entorno queda alterado por el envejecimiento o la inflamación (circunstancia que a veces provoca el propio cáncer al crecer), entonces será la más apta y comenzará a desplazar a las sanas, que solían ocuparlo todo. En suma, su éxito acaba dependiendo de los cambios del entorno.

Esta teoría de la oncogénesis adaptativa se sustenta en la manera en que el cáncer prospera cuando modificamos su entorno celular en los animales de experimentación, sin que el funcionamiento interno de la célula tumoral sufra cambio alguno. Los médicos han observado esa aceleración del cáncer en pacientes con afecciones que alteran los tejidos, como las enteropatías inflamatorias. La conclusión que se extrae de todo ello es que acabamos conociendo mejor el cáncer si nos fijamos en su entorno en vez de centrarnos solo en las mutaciones celulares. Al reducir las alteraciones del tejido causadas por procesos como la inflamación es posible restaurar un ambiente más normal y, al igual que hemos demostrado en los estudios con animales, impedir que el tumor asuma una posición ventajosa para competir.

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