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1 de Octubre de 2019
Historia de la ciencia

Einstein, Newton o Pasteur no eran unos santos

¿Por qué nos decepciona saber que Einstein era xenófobo y que Newton era manipulador y esotérico? Para comprenderlo debemos remontarnos al siglo XVII, cuando los científicos empiezan a desempeñar un papel político.

WIKIMEDIA COMMONS/DOMINIO PÚBLICO (Einstein y Newton); COLECCIÓN WELLCOME (Pasteur)

En síntesis

La publicación del diario de viaje de Einstein a Asia entre 1922 y 1923 ha causado sorpresa y acusaciones de racismo.

Para entender esta decepción debemos remontarnos al siglo XVII, cuando los científicos se arrogan la legitimidad para enunciar verdades universales y adoptan una imagen ideal ascética.

Desde entonces, los científicos y el Estado han construido una imagen de la ciencia acorde con sus respectivos intereses. La leyenda de Newton ofrece un ejemplo edificante.

La noticia no deja indiferente a nadie: el diario del viaje de Einstein a Asia entre 1922 y 1923 revela a un científico xenófobo y racista. La aparición en 2012 de la primera traducción al inglés, en el seno de las obras completas de Einstein, tuvo escasa repercusión. No así la versión que acaba de publicar Ze’ev Rosenkranz, editor y codirector del Einstein Papers Project, bajo el título The travel diaries of Albert Einstein: The Far East, Palestine and Spain, 1922-1923.

El diario refleja los prejuicios de un científico humanista que lucharía por los derechos civiles en Estados Unidos. Tras calificar a los chinos de «sucios y torpes», Einstein añade que «aun aquellos que trabajan incansablemente como animales no dan jamás la impresión de estar sufriendo conscientemente». Más adelante los describe como «una extraña nación más parecida a un rebaño de autómatas que de personas». Según Rosenkranz, «los pasajes del diario de Einstein sobre el origen biológico de la supuesta inferioridad intelectual de los japoneses, los chinos y los indios son muy explícitos y cabe considerarlos racistas [...]». Su comentario sobre la posibilidad de que los chinos «suplanten a todas las otras razas» resulta inquietante y muy revelador.

Sin embargo, de vuelta a Hong Kong, a principios de 1923, Einstein describe a los chinos como «el pueblo más desolador de la Tierra, cruelmente maltratado y explotado hasta la muerte a cambio de su modestia, delicadez y frugalidad». En Colombo, viajando en carro de culí, escribe: «Aunque me avergonzaba participar de tal maltrato a seres humanos, nada podía hacer». Tras su visita al Muro de las Lamentaciones, al final de su viaje, describe a sus «insignificantes hermanos étnicos [...]. Mísera visión de un pueblo que tiene un pasado, pero no un presente». De interpretar estos pasajes como Rosenkranz, calificaríamos a Einstein de antisemita, lo que, como judío comprometido con la creación del Estado de Israel, ciertamente no era.

Poner en perspectiva las afirmaciones de Einstein no le exime, sin embargo, de su responsabilidad. No se trata solo de que algunos de sus contemporáneos muestren una mentalidad más abierta, sino de que el propio Einstein iba a comprometerse con la lucha por la igualdad entre negros y blancos, pocos años después de su viaje a Asia. En 1931, apoyará una campaña para defender a nueve adolescentes de Alabama injustamente acusados de violación (los llamados «chicos de Scottsboro»). Einstein ve una clara similitud entre el trato a los negros en Estados Unidos y a los judíos en Europa, y no permanece indiferente. ¿A qué se debe tal contraste entre sus ideas?

Estas contradicciones solo sorprenden a aquellos que ven en la figura del científico un parangón de la virtud. Einstein no es racista, más bien lo contrario, pero tiene los prejuicios propios de un burgués occidental de finales del siglo XIX, acostumbrado a juzgar a los otros pueblos a la luz de sus propios valores culturales. Alguien que, además, está de viaje, consignando sus impresiones en un diario privado.

Ciertamente, resulta decepcionante que se adhiera a la idea de un «carácter nacional», pero este no es el fondo del asunto. Sus afirmaciones nos decepcionan y cuestionan el resto de su obra y su compromiso humanista. Pero ¿por qué proyectamos en la figura del genio científico la imagen del héroe e incluso la del santo? ¿Por qué debería Einstein ser inmaculado e irreprochable? ¿Por qué nos decepciona cada nueva revelación —y son muy abundantes— sobre esos «genios de la ciencia»?

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