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1 de Octubre de 2019
Historia de la ciencia

Los pesos atómicos y la tabla periódica

La mirada de Enrique Moles, científico cosmopolita y modernizador de la enseñanza de la química.

Enrique Moles con varios colaboradores en el Laboratorio de Investigaciones Físicas, ca. 1925. [Legado de Enrique Moles, Archivo de Amigos de la Cultura Científica]

Las Naciones Unidas han declarado el 2019 como el Año Internacional de la Tabla Periódica. Se conmemoran los 150 años desde que el químico ruso Dimitri Mendeléiev (1834-1907) publicó su primera propuesta de ordenación periódica en 1869. A pesar de la indiscutible genialidad de Mendeléiev, hoy sabemos que la idea de la ordenación periódica del siglo XIX, y la correspondiente tabla periódica del siglo XX, fueron el resultado de una larga empresa colectiva (los nombres de Döbereiner, Newlands, Olding y Lothar Meyer, entre otros, son imprescindibles), que además estaba íntimamente relacionada con la enseñanza de la química en escuelas y universidades.

En la segunda mitad del siglo XIX, los químicos estaban preocupados por encontrar la mejor manera de organizar la información para sus estudiantes, y el descubrimiento creciente de nuevos elementos o sustancias simples representaba todo un reto educativo. Fue precisamente en el Congreso Internacional de Química que tuvo lugar en Karlsruhe en 1860, al que asistió Mendeléiev, donde se llegó a un consenso notable sobre el valor del peso atómico de cada elemento. Se trataba de una especie de número «mágico», que representaba el peso de un átomo a nivel microscópico y que reforzaba la matematización de la química, proceso que había iniciado el químico inglés John Dalton a principios del siglo XIX con su hipótesis atómica y sus primeros cálculos del peso atómico [véase «Wurtz y la hipótesis atómica», por Natalie Pigeard-Micault; Investigación y Ciencia, marzo de 2014].

A pesar de las dificultades experimentales del cálculo preciso de los pesos atómicos, el consenso adquirido en Karlsruhe estimuló la creatividad de Mendeléiev y su intuición de que una ordenación de los elementos conocidos en función de su peso atómico creciente podría dar lugar a propiedades recurrentes y que permitiría agrupar los elementos en familias análogas. De Mendeléiev hacia adelante, el peso atómico se convirtió, por tanto, en un dato clave para la correcta ordenación y ubicación de los elementos (incluso para la predicción de algunos todavía no aislados en el laboratorio), pero también para la fiabilidad de los cálculos estequiométricos de los que dependía el análisis cuantitativo de numerosas sustancias en mercados y aduanas. De este modo, la sofisticación experimental de la determinación de pesos atómicos —un gran reto para los laboratorios de la segunda mitad del siglo XIX— se combinaba con su utilidad práctica y su potencial didáctico.

Hablar de la ordenación periódica es hablar de Mendeléiev, pero también de tantos otros químicos que a lo largo del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX moldearon ese artefacto epistemológico y didáctico para extenderlo progresivamente hasta los últimos rincones del planeta. En esa epopeya colectiva, pocos incluirían seguramente el nombre del químico Enrique Moles (1883-1953), su contribución a la estandarización de los pesos atómicos, a la modernización de la enseñanza de la química en las primeras décadas del siglo XX y su impresionante proyección internacional.

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