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  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 2016Nº 473

Etología

Animales que renuncian a la reproducción

Algunos miembros de sociedades complejas deciden no procrear y ayudan a otros en esa tarea. El estudio de esta conducta en peces de arrecifes coralinos sustenta nuevas ideas sobre la evolución de la cooperación.

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El origen de las especies de Charles Darwin sentó las bases de la biología evolutiva y del conocimiento de la vida en la Tierra. Mientras se dedicaba a reunir las pruebas de la teoría de la selección natural, el científico quiso recalcar ciertas observaciones que parecían poner en entredicho sus ideas (extracto de la edición a cargo de Jaume Josa, Espasa y Calpe, 1988):

«...me limitaré a una dificultad especial, que al principio me pareció insuperable y realmente fatal para toda la teoría. Me refiero a las hembras neutras o estériles de las sociedades de los insectos, pues estas neutras, frecuentemente, difieren mucho en instintos y conformación, tanto de los machos como de las hembras fecundas y, sin embargo, por ser estériles, no pueden propagar su clase.»

En las sociedades de insectos a las que aludía Darwin, como las hormigas o las termitas, impera la división del trabajo según la capacidad reproductora: algunos individuos renuncian a la procreación para ayudar a otros en esta labor. Para expresar la contrariedad de Darwin en un lenguaje moderno, tales sociedades resultan difíciles de entender porque, a primera vista, no está claro de qué modo la selección natural puede preservar los genes que se ocultan tras la conducta que inhibe el instinto reproductor y lleva a colaborar con los congéneres que sí procrearán. Este tipo de comportamientos ha intrigado a los biólogos evolutivos desde que el propio Darwin subrayara la paradoja que representaban para su teoría de la selección natural.

Los insectos sociales ofrecen ejemplos extremos de esa conducta, pero las aves y los mamíferos gregarios también presentan otros similares, aunque no tan drásticos. El etoecólogo Paul W. Sherman, de la Universidad Cornell, y otros expertos opinan incluso que la única diferencia entre los insectos y los vertebrados sociales reside en el grado de socialidad, que puede variar a lo largo de un espectro continuo. Por ejemplo, aves como el abejaruco frentiblanco (Merops bullockoides) y mamíferos como la rata topo lampiña (Heterocephalus glaber) conforman sociedades complejas en las que algunos individuos renuncian a la reproducción y ayudan a otros congéneres en esta faceta, cuando menos en algún momento de la vida. La antropóloga Sarah B. Hrdy, de la Universidad de California en Davis, y otros expertos opinan que la cooperación en la reproducción también pudo ser fundamental para la evolución humana, al ayudar a sostener nuestras largas y atípicas historias vitales [véase «La receta humana de la crianza», por Ana Mateos; Investigación y Ciencia, noviembre de 2014].

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