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1 de Marzo de 2016
Energía

La falacia de la captura de carbono

Todo plan creíble de mitigación del calentamiento global depende de que la captura de carbono desempeñe un papel importante. No parece que vaya a ser así.

JEFF WILSON

En síntesis

En Kemper, Misisipi, la compañía Mississippi Power está construyendo una central eléctrica de «carbón limpio» que producirá electricidad a partir del tipo de carbón más sucio y capturará sus emisiones de CO2 en lugar de enviarlas a la atmósfera.

Para almacenar ese CO2, la central lo venderá a una compañía que lo inyectará en yacimientos petrolíferos menguantes para obtener más crudo. Se estima que cerca de un tercio de las emisiones de CO2 permanecerán atrapadas bajo tierra. Sin embargo, la combustión del petróleo extraído generará nuevas emisiones.

Los elevados costes de esta y otras instalaciones similares cuestionan que el planteamiento sea económicamente sostenible. Hasta la fecha se han cerrado o abandonado 33 proyectos de captura y almacenamiento de carbono en todo el planeta.

A falta de una captura de carbono efectiva y asequible, las naciones que el pasado mes de diciembre se comprometieron en París a reducir sus emisiones no podrán cumplir sus promesas.

Tim Pinkston ha construido un gigantesco juego de química en un bosque de pinos al este de Misisipi. «Estoy muy satisfecho de ver que ya se está convirtiendo en realidad», dice este ingeniero durante un recorrido en una cálida mañana de verano por la central energética del condado de Kemper.

Sobre un amplio terreno llano, talado y pavimentado con hormigón, Pinkston señala un enorme complejo de cientos de kilómetros de sinuosos conductos que se levanta hacia el cielo. En el centro de este híbrido entre planta química y central eléctrica destacan dos impresionantes silos de más de 90 metros de altura. La pareja de gasificadores, cada uno de los cuales pesa 2300 toneladas, puede generar el calor y la presión de un volcán, como se requiere para que el lignito, un tipo de carbón marrón y húmedo que se extrae casi de debajo de los pies mismos de Pinkston, se convierta en un combustible gaseoso listo para ser quemado a fin de generar electricidad.

Lo extraordinario de este juego de química no es el combustible que enseguida producirá, sino el tratamiento del principal producto secundario: el dióxido de carbono, el gas de efecto invernadero causante del calentamiento global. En lugar de expulsar el CO2 a la atmósfera a través de una chimenea, como hacen las centrales eléctricas de carbón al uso, Pinkston y sus colaboradores en Kemper lo capturarán.

La de Kemper es la central de carbón más avanzada de Estados Unidos. Además, resulta clave para el empeño mundial de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, una meta ansiada desde hace mucho y a la que se han adherido la mayor parte de los más de 190 países que mantuvieron negociaciones climáticas en París el pasado mes de diciembre. Las centrales eléctricas de carbón constituyen la mayor fuente de emisiones de CO2 del planeta, ya que los países más contaminantes dependen de ellas para generar una buena parte de su electricidad. Pocas de estas naciones estarán dispuestas a abandonar la quema de carbón (tampoco Estados Unidos, que obtiene de este combustible el 40 por ciento de su energía eléctrica), por lo que la única vía para cumplir sus compromisos sin cerrar las centrales es impedir que el CO2 llegue a la atmósfera. Para ello, tendrán que atraparlo.

No existe ningún plan creíble para combatir el calentamiento global —sea una propuesta de países individuales, sea del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático— que no incorpore la captura y almacenamiento de carbono (CAC). Incluso en el caso hipotético de una dependencia mucho mayor de la energía nuclear o de las renovables, todavía se requeriría la CAC para limpiar las emisiones derivadas de la producción de todo el cemento y el acero necesarios. Solo en Norteamérica hay más de 6000 grandes fuentes industriales de CO2. Unas 1000 son hornos o fábricas de cemento que emiten, cada una, 100.000 toneladas o más de CO2 al año. Casi 5000 son centrales eléctricas que queman combustibles fósiles y que emiten aún más. Si añadimos los miles de centrales de combustibles fósiles de China, la India y otros países, el porcentaje total supera el 70 por ciento de la contaminación por CO2 del planeta. Con tales cifras, no es difícil entender por qué la CAC resulta fundamental para reducir las emisiones.

El problema reside en que la captura de carbono es una solución costosa. La técnica en sí parece funcionar, pero la construcción y funcionamiento de una central a gran escala presenta un coste muy elevado, como va viéndose a medida que el proyecto de Kemper se acerca a estar terminado y otras centrales más pequeñas adquieren experiencia. Y luego está la dificultad de qué hacer con el carbono una vez capturado. Su almacenamiento en formaciones geológicas profundas que puedan retenerlo durante miles de años encarece todavía más el proceso, y los Gobiernos se muestran reacios a pagar las facturas. Para recuperar la inversión, las compañías propietarias de las centrales se verían obligadas a aumentar las tarifas eléctricas a sus clientes muy por encima de los precios actuales.

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