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1 de Marzo de 2016
Botánica

La memoria mineral de las plantas

Los fitolitos, minerales microscópicos presentes en los tejidos vegetales, se prestan a una amplia variedad de usos, desde la arqueología hasta la medicina forense.

Los fitolitos, de escasos micrómetros de longitud, son, a veces, el único vestigio de plantas que vivieron hace 40 millones de años. Fabricados con la sílice absorbida del agua del suelo, lucen tal gama de formas que a menudo permiten identificar una especie concreta. Los fitolitos fósiles de la imagen proceden de la Formación Sarmiento, en Chubut, Argentina. [CORTESÍA DE C. A. E. STRÖMBERG Y R. E. DUNN]

En síntesis

Los fitolitos son corpúsculos microscópicos creados por la acumulación de sílice en los tejidos vegetales. Cuando la planta muere, sobreviven al paso del tiempo como muy pocos vestigios.

Su durabilidad y especificidad los convierte en soberbios testimonios de la vegetación pretérita, cuyo estudio reviste gran relevancia en disciplinas como la arqueología, la ecología o la paleontología.

Lejos de limitarse al pasado, también se investiga su uso como materia prima para aplicaciones nanotecnológicas y como sumidero de carbono para afrontar el cambio climático.

El viaje de Charles Darwin a bordo del Beagle supone un gran hito en la historia de la ciencia, pero una de sus notables observaciones apenas es conocida. Antes de vislumbrar los pinzones que llevarían su nombre y que sirvieron como inspiración para la teoría de la selección natural, Darwin fue uno de los primeros científicos en reparar en la singularidad de ciertos corpúsculos microscópicos de sílice que llamó fitolitos. El 16 de enero de 1832, el Beagle hizo la primera escala de su periplo en Porto Praya, en el archipiélago de Cabo Verde. Darwin, el naturalista incansable, anotó maravillado en su diario el siguiente pasaje, publicado después en Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo (extracto de la obra publicada por Editorial Espasa Libros, 2003):

«Generalmente la atmósfera es brumosa, lo cual procede de un polvo impalpable en suspensión. Más tarde echamos de ver que ese polvo había averiado ligeramente los instrumentos astronómicos. La mañana antes de anclar en Porto Praya recogí un paquetito de este polvo fino, de color pardo, que parecía haber sido tamizado por la gasa de la veleta del palo mayor. Mister Lyell me ha dado también cuatro paquetes de polvo caído en un navío a unos cuantos centenares de millas al norte de estas islas. El profesor Ehrenberg halla que el mencionado polvo se compone en gran parte de infusorios con caparazones silíceos y del tejido silíceo de plantas. En cinco paquetitos que le envié ha comprobado la existencia de hasta ¡sesenta y siete formas orgánicas diferentes!»

Según su testimonio, este polvo era un fenómeno frecuente en la región y generaba una bruma tan densa que se decía que algunos navíos habían acabado embarrancando por culpa de la mala visibilidad. Los citados «caparazones silíceos» y «tejidos silíceos de plantas» eran fitolitos, moldes de sílice inorgánico procedentes de células y tejidos vegetales. El vocablo deriva del griego (phyto, planta, y lithos, piedra). Otros nombres acuñados en el pasado son sílice opalino, ópalo vegetal y fitolito de ópalo, pero el más conocido es fitolito.

La producción de fitolitos está sometida a control genético y comienza cuando las raíces de la planta absorben ácido monosilícico (Si(OH)4) junto con el agua. En el proceso de transpiración, las plantas bombean agua y minerales desde las raíces al resto del vegetal, que deposita el ácido monosilícico por el camino. Algunas plantas también separan activamente el agua y depositan el ácido en tejidos destinados expresamente a la acumulación de sílice. Como resultado final, el mineral adopta la forma de los tejidos circundantes dando lugar a moldes microscópicos.

Los fitolitos son propios de taxones presentes en casi todo tipo de ambientes: angiospermas (plantas con flor), gimnospermas (coníferas, cícadas, ginkgo y gnetales) y pteridófitos (helechos). Por esa razón suelen acumularse en grandes cantidades en el suelo. Estos corpúsculos microscópicos cristalinos están compuestos fundamentalmente por dióxido de silicio (SiO2), agua y carbono orgánico, amén de cantidades ínfimas de otros elementos, como aluminio, hierro, magnesio, manganeso, fósforo, cobre y nitrógeno. Su tonalidad va del marrón claro al oscuro, aunque la mayoría son ligeramente transparentes, con un tamaño de uno a más de cien micrómetros.

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