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1 de Diciembre de 2011
Bioquímica

El olor del pensamiento

Aunque no nos percatemos de ello, nos comunicamos mediante señales químicas, tal y como hacen las abejas y las aves.

BROWN BIRD DESIGN

Una osadía juvenil fue lo que puso en marcha la carrera científica de Martha McClintock. En verano de 1968, como alumna del Colegio Wellesley, asistía a un curso del Laboratorio Jackson, en Maine. Durante un descanso para almorzar, investigadores de renombre discutían sobre la aparente sincronización de los ciclos ováricos en las hembras de ratón. La joven McClintock, que se hallaba cerca, les soltó de repente: «¿Saben? Las mujeres también lo hacen».

«No recuerdo las palabras exactas», explica ahora entre risas en el despacho de su laboratorio en la Universidad de Chicago. «Pero todos se volvieron y me miraron.» Resulta fácil imaginarla en aquel lejano encuentro, la misma mirada franca, la misma faz amistosa. Pero al grupo de la mesa no le hizo gracia y le espetaron que no sabía lo que decía.

McClintock, sin dejarse amedrentar, planteó la cuestión a varios doctorandos asistentes al curso, quienes le apostaron a que no podría hallar datos que respaldaran su afirmación. De regreso a Wellesley le consultó el asunto a Patricia Sampson, su supervisora de estudios. Y Sampson le contestó: «Acepta la apuesta, investígalo y averigua por ti misma si tienes razón o no».

Tres años después, McClintock publicó en Nature una nota de dos páginas, titulada «Menstrual synchrony and suppression» («Sincronía y supresión menstrual»). En su estudio detallaba un efecto fascinante observado en 135 mujeres de las residencias del Wellesley a lo largo de un curso académico. Los ciclos menstruales parecían variar, especialmente en mujeres que pasaban mucho tiempo juntas. La menstruación se hacía más sincrónica, con mayor superposición de las fechas de comienzo y término.

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