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1 de Diciembre de 2011
Fisiología

El problema de las armaduras

El 13 de agosto de 1415, el rey inglés Enrique V, con solo veintiocho años de edad, se dirigió a Francia al mando de su ejército.
GETTY IMAGES
El 13 de agosto de 1415, el rey inglés Enrique V, con solo veintiocho años de edad, se dirigió a Francia al mando de su ejército. Al cabo de dos meses, la disentería había acabado con una cuarta parte de las tropas, mientras que un ejército francés cuatro veces mayor bloqueaba la ruta de escape hacia Calais y el Canal de la Mancha. El invierno se acercaba y los alimentos escaseaban. Sin embargo, en uno de los reveses más llamativos de la Historia militar, menos de siete mil soldados ingleses, la mayoría de ellos arqueros, rechazaron el ataque de entre veinte mil y treinta mil caballeros franceses vestidos con poderosas armaduras, cerca de la población francesa de Agincourt, y mataron a miles de ellos. La obra de Shakespeare, Enrique V, atribuyó la victoria a las inspiradas arengas del rey Enrique; el conocido historiador militar John Keegan opina que se debió más bien a la multitudinaria carga francesa, que resultó contraproducente. Pero un estudio reciente realizado por fisiólogos del ejercicio físico apunta a una nueva razón de la masacre: las armaduras no debieron resultar muy adecuadas para la lucha.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Leeds colocó a una serie de voluntarios vestidos con armadura sobre una cinta rodante y midió su consumo de oxígeno. La armadura que se solía utilizar en el siglo xv pesaba entre treinta y cincuenta kilos, repartidos por todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Debido a esa distribución del peso, los voluntarios tenían que hacer enormes esfuerzos para mover sus piernas recubiertas por planchas de acero y andar. Además, las corazas les obligaban a realizar inspiraciones rápidas y poco profundas. Los investigadores descubrieron que las armaduras hacían doblar las necesidades metabólicas de los voluntarios, aumento que representaba solo un setenta por ciento cuando el mismo peso se transportaba en una mochila.
Por supuesto, las batallas medievales no tenían lugar en cintas rodantes. El campo de Agincourt estaba cubierto de barro, ya que había sido arado poco antes para ser plantado con el trigo de invierno y se había empapado con las fuertes lluvias de octubre. Los franceses cargaron a través de casi trescientos metros de ese terreno enfangado, mientras recibían las flechas de los arqueros ingleses. Si combinamos el esfuerzo necesario para correr con una armadura puesta y el requerido para avanzar sobre el fango, afirma Graham Askew, uno de los directores del estudio, obtenemos un gasto energético al menos cuatro veces mayor; el suficiente, parece ser, para cambiar la Historia.

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