GIANNI DAGLI ORTI, ART RESOURCE

Hace unos años, mientras hojeaba un libro de arte antiguo, Paolo Guidetti descubrió un mosaico romano que ilustraba un pez enorme de cuya boca colgaban unas piernas de hombre. Sorprendido por la imagen, Guidetti, biólogo de la Universidad de Salento en Italia, reconoció el pez como la especie que estaba estudiando: el mero.

A los pescadores actuales les costaría encontrar un mero tan grande y tan cerca de la superficie del mar. La especie, que habita en todo el Mediterráneo, se halla en peligro de extinción. Si bien puede crecer hasta alcanzar más de ciento veinte centímetros y pesar hasta cuarenta y cinco kilos, la mayoría de los ejemplares son mucho más pequeños y, en las zonas de mayor presión pesquera, ocupan aguas demasiado profundas como para saltar fuera del agua y devorar a alguien.

Para contribuir a la recuperación de los meros, los administradores de pesquerías han establecido reservas marinas por todo el Mediterráneo. Los datos sugieren que la estrategia está funcionando: los meros se van haciendo más comunes a distintas profundidades y van aumentando de tamaño. Sin embargo, Guidetti y Fiorenza Micheli, bióloga de la Universidad Stanford, deseaban conocer con mayor precisión la abundancia del mero en otras épocas. Para determinar hasta dónde habría que llevar los esfuerzos para su recuperación, convendría saber cómo vivía hace miles de años.

Con ese propósito Guidetti y Micheli acudieron a los mosaicos que habían llamado la atención del primero. Buscaron en libros y museos. Corrieron la voz entre otros biólogos. Tardaron un par de años, pero lograron reunir 73 mosaicos etruscos, griegos y romanos de los siglos primero a quinto que mostraban peces o escenas de pesca. De ellos, 23 incluían meros.

A partir de los mosaicos, evaluaron el tamaño de los meros y la forma en que se pescaban. Lo que hallaron los sorprendió. En algunos mosaicos, los pescadores usaban redes y arpones para capturar meros en la superficie del agua, técnicas que nunca tendrían resultado hoy en día. Otros mostraban ejemplares tan grandes que justificaban sobradamente su reputación histórica de monstruos marinos. «Lo que observamos permitía deducir que los meros eran mucho más comunes y accesibles de lo que se pensaba», afirma Micheli, cuyos hallazgos se publicaron a finales del año pasado en Frontiers in Ecology and the Environment.

Dejando aparte las licencias artísticas y la conocida propensión a exagerar de los pescadores, Guidetti y Micheli defienden que esas fuentes antiguas y extracientíficas pueden ayudar a calibrar los objetivos de conservación y gestión. «Para cuestiones como esta, debemos estar dispuestos a considerar la importancia de datos menos cuantitativos y más anecdóticos», señala Micheli. «Queríamos subrayar la posibilidad de utilizar el arte como fuente de información.»

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