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Todo para el primero

La intensa competencia entre científicos ha suscitado abusos. ¿Habrá un proceder mejor?

CARL WIENS

Cuando Isaac Newton desarrolló la teoría de la gravitación y el cálculo diferencial, su recompensa fue muchísimo mayor que las opciones sobre acciones de una empresa en germen o una generosa gratificación a fin de año. Sus pares honraron el mérito de su trabajo y le reconocieron la autoría; más tarde, lo haría también el mundo entero. Mucho ha cambiado la ciencia desde Newton, pero este hecho fundamental, no. En ciencia, el premio sigue siendo el reconocimiento de prioridad en la autoría del trabajo realizado.

¿Cómo ha de atribuirse el mérito científico? La cuestión entraña graves consecuencias para el modo de hacer ciencia y el modo en que esta retorna a la sociedad lo invertido en ella. Desde los primeros tiempos, el derecho a ostentar un descubrimiento se asigna a quien primero lo notifica. Esta «norma de prioridad» ha dado pie a pintorescas disputas —Newton se enzarzó con Gottfried Wilhelm Leibniz, que reclamaba la invención del cálculo— pero, en general, la regla ha ido funcionando bien. Desde hace algún tiempo, sin embargo, la intensa competición entre científicos ha provocado conflictos y abusos, y hemos empezado a preguntarnos si no existirán soluciones preferibles.

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