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1 de Agosto de 2017
Reseña

El escorbuto

Historia de una enfermedad devastadora.

SCURVY
THE DISEASE OF DISCOVERY
Jonathan Lamb
Princeton University Press, 2016

Enfermedad carencial, clásica entre los marineros, el escorbuto aparece con la falta de ácido ascórbico, o vitamina C. Ni los humanos ni algunos animales pueden sintetizar su propio ácido ascórbico. Al revestir una importancia crucial en los procesos metabólicos, resulta inverosímil que esa capacidad de síntesis se hubiera perdido en el curso de la evolución, si no fuera porque se hizo innecesaria, pues el ácido ascórbico venía suministrado en la dieta común de los humanos a lo largo de cientos de miles de años. Sin embargo, aunque el escorbuto debió presentarse ya en la Antigüedad, no parece frecuente con anterioridad al siglo XV. A partir de entonces, y hasta finales del siglo XVIII, se produjo la mayor mortandad por este trastorno.
 
El afán comercial, las exploraciones y el imperio que acompañaban al creciente poderío económico de Europa impulsaron a adentrarse en mar abierto y a navegar durante períodos de tiempo suficientes para que se desarrollara la enfermedad, auténtico flagelo de las tripulaciones. En esos siglos se cruzaron por vez primera el océano Atlántico, el Índico y el Pacífico, unas travesías que se prolongaban, lejos de tierra, más de tres meses. Los grandes viajes de circunnavegación conquistaron los océanos del mundo y trajeron inmensas riquezas y conocimientos a Europa. Pero costaron un precio muy alto, con males que destruían cuerpo y mente. (El escorbuto triplicó las bajas sufridas en la guerra civil norteamericana.) Privada la tripulación de fruta fresca y de hortalizas, fuentes de vitamina C, a bordo vivía de carne conservada y cereales secos. La asociación entre escorbuto y carencia vitamínica se les escapó a médicos y exploradores.
 
El escorbuto afectó también a los ejércitos, en particular durante los asedios, a los prisioneros en campos de concentración y a los exploradores del Ártico y el Antártico. Supuso también una tortura para los irlandeses durante la hambruna de 1845-46, por ruina de la cosecha de patatas, las cuales contienen vitamina C. Se requieren unas 30 semanas de privación de vitamina C para que aparezcan los síntomas de la enfermedad y se produzca la muerte. El escorbuto presenta unos síntomas tan horrorosos que los pacientes mantienen a menudo en secreto sus dolores.
 
A veces se presenta acompañado de beriberi. Los diarios de navegación hablan de la acumulación de líquidos en las piernas, un signo del beriberi. Coincidía con la pelagra en la inestabilidad mental y los cambios de personalidad. Del propio relato del capitán James Cook se desprende que, en los días anteriores a su muerte, había adquirido un comportamiento caprichoso y fuera de razón. Sir James Watt, cirujano naval, lo atribuía a la pelagra.
 
Había un terrible recelo ante el escorbuto porque se tenía por una enfermedad inmunda y repugnante. Los afectados despiden un olor fétido, algo que nadie estaba dispuesto a admitir. En las descripciones se evitaba la palabra que evocaba temibles destrozos físicos para no herir la sensibilidad del lector. Se produce una auténtica desintegración del cuerpo, que se manifiesta con una piel cuarteada, ampollas de sangre y ulceraciones extensas que se ennegrecen y se pudren. Se fragmentan los huesos y se reabren las heridas cerradas. El cuerpo deja de fabricar colágeno; el cartílago, en especial el que rodea al tórax, comienza a desaparecer. Arterias y capilares se degradan y se obturan. En cualquier momento pueden aparecer ictus y aneurismas.
 
Los síntomas no se ciñen al cuerpo. Se resiente la mente con la desintegración del sistema nervioso. La función de la vitamina C es limpiar de radicales libres, materia de desecho de la actividad cerebral, causante de la oxidación. Cuando los neurotransmisores serotonina y dopamina no funcionan adecuadamente, el cerebro comienza a sufrir alucinaciones. Sueños de alimentos que, al despertarse y desaparecer la alucinación, crean desesperación y abatimiento, la famosa nostalgia del escorbuto.
 
La medicina debe el primer ensayo clínico riguroso sobre el escorbuto a James Lind, cirujano y padre de la higiene naval, quien lo realizó en 1747. Investigó cuanto se sabía sobre el particular y acometió experimentos cuidadosamente controlados en mar y en tierra. Dividió a una docena de enfermos en seis grupos de dos, tratando a cada par con un remedio distinto durante 14 días. Los dos marineros que recibieron dos naranjas y un limón se recuperaron. Su Tratado sobre el escorbuto, publicado en 1753, constituye un modelo de lo que debe ser una observación y un ensayo. A mediados del siglo XVIII se mostró reiteradamente que el zumo de cítrico podía prevenir el escorbuto. El célebre descubridor James Cook mantuvo sana a su tripulación durante largas circunnavegaciones con fruta fresca y hortalizas. Joseph Banks, joven naturalista a bordo del Endeavor, lo relata. Años más tarde, en 1795, el Almirantazgo tomó cartas en el asunto y el zumo de lima o limón entró a formar parte obligada de la dieta de a bordo.
 
En las postrimerías del siglo XIX, con la medicina centrada en la etiología microbiológica, el escorbuto pasó a un segundo plano. Pero advino un nuevo tipo de medicina con el descubrimiento de las vitaminas, término acuñado en 1912 por Casimir Funk. Ya en 1885, Kanehiro Takaki, médico de la Armada japonesa, había comprobado que la frecuencia del beriberi en los marinos dependía del predominio del arroz descascarillado en su dieta. Esta observación fue confirmada por el holandés Christiaan Eijkman en 1896, al producir la polineuritis aviar o beriberi experimental. Funk curó en 1912 dicha polineuritis con compuestos nitrogenados que había aislado de la cascarilla del arroz y que llamó «aminas vitales»; de donde procede «vitamina».
 
En 1914, Joseph Goldberger llegó a la conclusión de que la pelagra no era una enfermedad infecciosa, sino que venía causada por carencias nutricionales. Cuando Funk inició su trabajo, ya era conocida en los estudios clínicos la vinculación entre determinadas patologías y la falta de vitaminas específicas: el beriberi se debía a la carencia de tiamina (vitamina B1); el escorbuto, a la ausencia de ácido ascórbico (vitamina C), etcétera. En 1930 se demostró que el factor preventivo de la pelagra era el ácido nicotínico, parte del complejo de la vitamina B. A mediados de siglo se había identificado ya la estructura química de numerosas vitaminas, paso previo para su síntesis. En esta tarea destacó Albert Szent-Gyorgy, que aisló la vitamina C (1928) y la B6 (1934), trabajos que le llevarían a ganar el premio Nobel en 1937.
 
El escorbuto ha inspirado grandes obras de la literatura. A ello le dedica el autor una extensa parte del libro, lo que le confiere al relato particular viveza y atractivo.

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