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1 de Agosto de 2017
Contaminación

La acción oculta de los disruptores endocrinos

Omnipresentes en nuestro entorno, estos contaminantes químicos interfieren en la acción de las hormonas y perjudican nuestra salud. Pero describir con detalle su efecto para poder legislar su uso plantea un reto enorme.

El plástico empleado para fabricar numerosos tipos de envases contiene cantidades muy pequeñas de ciertas sustancias, como ftalatos y bisfenol A, que alteran el funcionamiento de nuestras hormonas. [© FOTOGRAFIABASICA/ISTOCKPHOTO]

En síntesis

Como consecuencia de nuestra exposición a los compuestos presentes en objetos de uso cotidiano, como los cosméticos, los productos de limpieza o los envases alimentarios, nuestro organismo presenta niveles variables de contaminantes.

Algunos de esos compuestos alteran la acción de nuestras hormonas, por lo que se los denomina disruptores endocrinos. Actúan a dosis bajas en las diferentes etapas de nuestra vida, en especial durante el desarrollo fetal y la infancia. Debido a que modifican la expresión de genes a través de marcas epigenéticas, pueden perdurar de una generación a la siguiente.

Su acción podría contribuir al aumento de patologías como la diabetes mellitus, la obesidad, la infertilidad y el cáncer. A pesar de que la ciencia ha demostrado sus efectos negativos sobre la salud y el ambiente, las autoridades reguladoras todavía no han definido los criterios para su identificación.

A lo largo de nuestra vida, las interacciones entre nuestros genes y el ambiente pueden causarnos enfermedades crónicas no transmisibles, tales como la obesidad, la diabetes mellitus, los cánceres hormonodependientes, el autismo o el síndrome de atención e hiperactividad. Los factores ambientales que afectan a las células de nuestro organismo son múltiples y complejos, y abarcan desde el tipo de alimentación, el estrés, las infecciones y la microbiota (la rica comunidad microbiana que vive asociada a nuestro organismo), hasta los contaminantes químicos.

En la actualidad, la opinión que la palabra química despierta entre la población se halla polarizada entre quienes únicamente ven los beneficios que esta ciencia nos ha aportado, sin encontrarle ningún perjuicio, y quienes sienten miedo e intentan evitar todo lo relativo a ella, ya que consideran que lo ajeno a la naturaleza (para ellos química es sinónimo de artificial o sintético) es nocivo para la salud. Por supuesto, pensamos que ninguna de estas dos perspectivas es correcta. La química es una ciencia muy extensa que estudia la composición, la estructura y el comportamiento de la materia. No hay ninguna duda de las enormes ventajas que nos ofrece. Solo hay que pensar en los avances revolucionarios que han experimentado, gracias a ella, campos como la medicina, la agricultura y la industria de la alimentación. Estos y otros logros asociados a la química han contribuido a que nuestra esperanza de vida haya aumentado en el último siglo unos veinte años, además de a mejorar nuestra calidad de vida.

Dicho esto, debemos considerar también los costes que han conllevado tales beneficios. Cualquier químico sabe que el peaje que tenemos que pagar por estos desarrollos es la contaminación. La fabricación de ciertas sustancias, así como su uso y eliminación, acaban afectando a nuestro ambiente y a nuestra salud. Debemos, por tanto, ser conscientes de ello e intentar minimizar en lo posible ese peaje.

En la actualidad existen más de 80.000 compuestos químicos en el mercado, la mayoría de los cuales no ha pasado ninguna prueba antes de ser introducido en él. Aun así, sabemos que un porcentaje de ellos han resultado tóxicos para los humanos y para la fauna silvestre. Los que deben su toxicidad a la alteración que producen en la función de las hormonas se denominan disruptores, o alteradores, endocrinos.

Se ha comprobado que, además de perjudicar nuestra salud, los disruptores endocrinos podrían afectar también a la de nuestros descendientes a lo largo de más de una generación. No obstante, resulta muy difícil establecer una relación de causa-efecto respecto a estas sustancias, debido a que pueden actuar a muy bajas concentraciones y a que el efecto no suele producirse en el mismo momento de la exposición. Todo ello hace que la definición y legislación de los disruptores endocrinos planteen un enorme reto.

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