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Percepción social de la ciencia

Cultura mediática y declive científico

Occidente y la promoción de la irracionalidad.

SCIENCE ON THE ROPES
DECLINE OF SCIENTIFIC CULTURE IN THE ERA OF FAKE NEWS
Carlos Elías
Springer, 2019
330 págs.

Solo con leer el título de este libro podremos comprobar que su actualidad queda fuera de toda duda. Bombardeados incesantemente por noticias, en un contexto en el que la cantidad de información resulta imposible de asimilar y se aproxima a marchas forzadas a la desinformación, parece «inevitable» que vayan colándose más o menos intencionadamente contenidos cuya veracidad resulta discutible. Hemos pasado ya la fase de la mentira, estamos en otro momento. ¿Cómo afecta todo esto a la ciencia?

Carlos Elías, uno de los referentes en el campo teórico y práctico de la divulgación mediática de la ciencia, propone un trabajo de análisis soportado por la siguiente tesis: la manera de construir la cultura contemporánea, que ya se puede denominar cultura mediática, es la que está entre las causas más perspicuas del declive de la ciencia en Occidente. Qué mejor que un científico periodista, que ha vivido profesionalmente esos dos modos de búsqueda de la verdad, comparta un diagnóstico de lo vivido y de lo pensado para ofrecer, después, el pronóstico de lo que le espera a una cultura posmoderna. Dicha cultura no distingue géneros; promueve modos alternativos de búsqueda de la verdad, todos ellos con la misma legitimidad; asume el pluralismo como renuncia a cualquier jerarquía (por su renuencia a lo impositivo y a lo totalitario), y termina dando la palabra por igual al mago y al científico, al novelista y al investigador.

Según Elías, la verdad de la información en esta atmósfera que nos envuelve ya no tiene nada que ver con los hechos. En la hora de la posfactualidad solo cabe la posverdad: el rumor, el bulo y la falsedad son ya patrimonio de nuestro tiempo, por no hablar de la vida como espectáculo, de la cultura de lo fácil y del consumismo, que triunfan con la potencia insustituible de la imagen, la televisión y lo digital, en un contexto tecnológico que no soporta lo complejo y que implanta un modo de desvalorización de los valores que nos construyeron culturalmente. Valores de los que nació y a los que decididamente contribuyó el saber científico.

Pero, además, a este humus mediático de desafección por la ciencia ha de sumársele el paraguas intelectual del rechazo al saber científico. Tal rechazo se origina en algunas teorías y filosofías alternativas a la modernidad, como las de Kuhn, Lakatos, Popper y Feyerabend, pasando por la Escuela de Frankfurt hasta llegar a la filosofía contemporánea francesa. Añádase a ello la habitual carga de responsabilidad que se atribuye a la ciencia como causante de los grandes desastres de la humanidad, en la línea que va desde Rousseau hasta las acusaciones actuales que señalan a la ciencia como causa de las crisis ecológicas o de los problemas nucleares. Para muchos, en suma, no es cierto hoy que el método científico sea el modo privilegiado de obtención de la verdad.

Los datos son tercos y muestran que Occidente se ha dejado llevar por el tipo de vocaciones profesionales vinculadas a las humanidades y a las ciencias sociales. Elías vincula todo ello al auge de lo irracional, de lo que Umberto Eco denominó «lo mágico», donde se incluyen también las artes y el cine, con su aprecio por la ficción y por lo pseudocientífico. Mientras, el este asiático se ha convertido en primera potencia debido al incremento de los estudiantes de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés). Puede ser vivido como un drama científico, por ejemplo, el cierre en 2006 del Departamento de Química de la Universidad de Sussex, de donde salieron tres premios nóbel. No es extraño, pues, que Occidente, ante la demanda de estas profesiones vinculadas a las ciencias duras, tenga que importar talento.

El texto de Elías, excelente en actualidad bibliográfica, en estudios de campo y en datos, expone un amplio conjunto de explicaciones sociológicas, económicas y políticas de esta dejación vocacional y de esta falta de incentivos científicos, así como las causas intracientíficas de este declive. Entre estas últimas están la precariedad laboral y el exceso de competitividad en una actividad como la investigación, dependiente cada vez más de fuertes inversiones, de apoyo empresarial, de proyectos públicos y de trabajo colectivo. Todo ello quizá redunde en un sistema que, si se piensa bien, aunque ha incrementado exponencialmente sus publicaciones —con todo un modelo editorial que también alberga fraudes—, en la opinión de Elías ya no aporta nada significativamente nuevo.

Lo que en mi opinión debe discutirse con el autor de este excepcional trabajo de investigación es por qué, aun coincidiendo con su tesis, reafirmándonos en su análisis cultural, insistiendo en su determinación y apasionamiento racional, e incluso acogiéndonos al patrocinio de Aristóteles (modelo para los científicos que no deben rechazar la retórica expositiva, para los estudiosos de humanidades que deben reconocer la potencia del método científico, y sobre todo garante de que puedan darse «otros modos de verdad»), opta por un tono de enfrentamiento entre las ciencias humanas y las naturales —con la acrítica aceptación de que el método científico experimental goza del patrimonio de la verdad— y por afirmaciones excesivas y poco fundadas que quizá rebajen el alto nivel investigador de su trabajo.

Así, Elías llega a lamentar que el modelo universitario salmantino haya influido en la universidad latinoamericana, haciendo de esta influencia la causa de la pobreza estructural de estas regiones. O a insistir en que, después de la Contrarreforma, un católico no puede defender la ciencia; a preguntar si no podrán ser los sociólogos y los filósofos posmodernos los nuevos jesuitas de la contrarreforma; a sostener que la derecha es religiosa y anticientífica mientras que la izquierda es atea y apasionada por la ciencia; a asumir que la potencia de China tiene que ver con que allí hayan sido irrelevantes Kant, Shakespeare o Velázquez, y no los estudios de química, biología o física; o a advertir que santa Teresa y sus éxtasis, por poner un último ejemplo, son expresión de brujería y de irracionalidad.

Para superar el tono de enfrentamiento y las aseveraciones inveraces que empañan el resultado investigador, resulta muy apreciable la última parte del libro, en la que el autor modera sus posiciones iniciales hacia un punto de encuentro. A la vez, reclama un escrupuloso trabajo científico ajustado al método estrictamente matemático-racional, y reconoce la importancia que para las ciencias naturales tienen las ciencias humanas y viceversa. ¿No exigió Platón al filósofo en ciernes saber geometría? ¿No fueron los grandes médicos impresionantes filósofos? ¿No se entendió la física de la Revolución Científica como filosofía natural? ¿No influyó la teoría atómica de Demócrito y Leucipo en el materialismo dialéctico de Marx? Si hay alguna verdad, es esta: que la verdad necesita una mirada mucho más amplia que la que nos proponen la anticiencia, por un lado, y el cientificismo, por el otro.

Y es que, cuando buscamos culpables absolutos para fenómenos complejos, a veces la cuenta no sale del todo bien. No sé si, como propone Elías, con La estructura de las revoluciones científicas Kuhn será el padre de todo el declive del proceder científico natural. Lo que sí es cierto es que, gracias a la pragmática de la ciencia, nos hemos dado cuenta de que el trabajo científico no tiene que ver solo con una construcción lógico-matemática, sino que nace en un contexto determinado, con unos problemas concretos y con unos objetivos en muchos casos extracientíficos. Quizás haya que insistir en que determinadas metodologías de humanidades y ciencias sociales revelan intereses a veces dudosamente racionales, menos empeñados en la búsqueda de la verdad que en la justificación de presupuestos ideológicos. Y tampoco se puede negar que en la voluntad de unificación metodológica trasluce una concepción reduccionista de la ciencia, con la consiguiente «fetichización de los hechos», que diría Husserl. Es posible que el método hipotético-deductivo popperiano y su criterio falsacionista tengan más de convicción que de ciencia. Pero es difícil señalar un teórico de la ciencia con más y mejor repercusión sobre lo político (en lo que significa su falibilismo) y con mayor aprecio hacia la verdad, de la cual todos «somos buscadores, pero nunca sus poseedores».

En definitiva, debo recomendar este libro por su potencia investigadora, su encomiable acopio documental y su convicción y pasión racional, no sin reconocer, a la vez, que todas esas fortalezas pueden sostenerse desde un tono más dialogante, menos cientificista y, por tanto, más científico todavía.

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