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El significado de la menopausia

Un recorrido histórico y cultural para entender un enigma evolutivo.

THE SLOW MOON CLIMBS
THE SCIENCE, HISTORY AND MEANING OF MENOPAUSE
Susan P. Mattern
Princeton University Press, 2019
480 págs.

¿Qué tienen en común todas las abuelas? Con independencia de esa habilidad especial para encontrar remedios a cualquier dolencia, todas ellas comparten algo más: la incapacidad biológica para seguir teniendo hijos. Esto no sucede en los abuelos, quienes, como ­ocurrió en el famoso clan de los Iglesias, pueden llegar a tener hijos y nietos de la misma edad. Ahora bien, si el principal motor de la vida es la expansión de los propios genes a través de la reproducción, no parece que tenga mucho sentido para la especie ni para el individuo que las mujeres perdieran esa capacidad a partir de determinada edad. Desde un punto de vista evolutivo, por tanto, la menopausia plantea un gran enigma. Y sin embargo, algo deberá aportar a la humanidad para que haya perdurado a lo largo de los siglos.

De hecho, ¿qué sabemos de la menopausia? El inicio de la vejez y todo lo que conlleva no suele ser tema habitual de conversación. Sin embargo, seguramente todos podamos, con mayor o menor detalle, hablar sobre la menstruación: hay productos higiénicos para ello; apps para controlarla y ayudar a prever síntomas o período de fertilidad, e incluso bromas al respecto. Sobre la menopausia, en cambio, todos hemos oído hablar de los sofocos, del cansancio en las articulaciones o del insomnio, pero posiblemente poco más. Así presentada, desde nuestra mirada occidental resulta difícil recibir la menopausia como un ingenio útil de la evolución, y desde luego no parece una etapa vital que la mujer espere con impaciencia. Parece interesante debatir entonces sobre su aporte evolutivo: comprobar, por ejemplo, si alguna otra especie animal distinta de la humana experimenta la menopausia y qué implicaciones tiene sobre su conducta, o analizar qué se lleva diciendo desde antiguo sobre este período de la vida en distintas culturas y épocas. Tal vez así logremos sacar algo en claro.

Esa es la idea de Susan Mattern: abordar la menopausia desde todos los ángulos posibles, desde la perspectiva científica, histórica y antropológica. Se trata sin duda de una buena idea y muy pertinente (no conozco ningún otro libro que lo haya hecho antes con ese afán de detalle), pero creo que la ejecución no es afortunada. Me ha ocurrido como esas veces en las que un tráiler convierte una película en prometedora, pero luego termina siendo mejor que la película en sí.

El origen etimológico de la palabra menopausia, por ejemplo, no aparece hasta más allá de la mitad del libro, a pesar de que la definición de un concepto resulta esencial para situar al lector y enmarcar un discurso. Ello es debido a que la autora se pierde en extensas narraciones sobre cuestiones presumiblemente afines a la menopausia pero muy tangenciales, con lo que se va alejando progresivamente del discurso y el lector acaba preguntándose qué tiene que ver todo aquello con lo que había venido a leer. Esto es especialmente visible en uno de los capítulos donde se dedica a desmenuzar las tradiciones y formas de vida de distintas tribus, con el pretendido objetivo de entender cómo afectan a su concepto de menopausia. Sin embargo, las páginas avanzan y el objetivo no llega. Las descripciones son interesantes, no cabe duda. Es precioso saber qué comen los miembros de esas tribus tan apartadas o cómo estructuran su día a día; cualquier estudiante de antropología cultural las recibiría encantado. Pero la autora no llega a transmitir cómo todos esos contextos culturales y modos de organización social han influido sobre la vivencia de determinados eventos biológicos.

Ahora bien, si se capta la reflexión implícita en sus palabras, el debate que se puede extraer es maravilloso. ¿Son universales las enfermedades? ¿Qué sucedería si dos culturas viviesen de forma diferente los mismos síntomas porque los interpretan de distinta manera? [véase «¿Qué significa estar sano o enfermo?, por Cristian Saborido; Investigación y Ciencia, enero de 2018»]. Por ejemplo, si una cultura interpreta ciertos síntomas como incapacitantes y otra como naturales, parecería obvio que los diagnósticos y la producción de toda una industria farmacéutica no sean los mismos en una y otra. Darse cuenta del impacto social que puede tener la vivencia cultural sobre la salud no es una cuestión baladí. Y tal vez ese sea el caso de la menopausia.

Muchas mujeres podrían estar sufriendo al ver llegar su declive reproductivo y sentirse yermas, mientras que otras vivirían con orgullo ser partícipes de la comunidad contribuyendo con su conocimiento acumulado a distintas actividades para las que antes no tenían tiempo. En estas últimas sociedades, la menopausia estaría despatologizada y subyacería la idea de high productivity and zero reproductivity («alta productividad y cero reproducción»), que es la base de la denominada «hipótesis de la abuela», la cual entiende a las abuelas como pilares fundamentales de las sociedades, al ser miembros cuidadores y organizativos de las generaciones más jóvenes. Esta reflexión me recuerda a la vivencia de la jubilación: hay quien la interpreta como el final de la producción laboral y quien la ve como el principio de un nuevo tipo de producción, más personal y participativa. En todo caso, impacta reconocer que la cultura pueda influir tanto sobre la salud y la medicina en general.

The slow Moon climbs es, en definitiva, una amalgama interesante de datos, con un hilo discursivo lento, descarrilado y en ocasiones muy repetitivo, pero al que hay que reconocer el valor de haber sido pionero en abordar un tema poco estudiado. La experiencia profesional de la autora, historiadora, se halla presente en la manera de exponer las diferentes teorías y contextualizarlas en sus distintas épocas, lo que resulta de gran ayuda para entender otras culturas.

No obstante, también su opinión está presente desde las primeras páginas, y resulta difícil despegarse de ella para generar una visión propia. Creo que esto es un error, ya que en los libros divulgativos los autores adquieren el compromiso de acercar un determinado campo a lectores legos, y eso conlleva la responsabilidad de conseguirlo mediante una neutralidad impecable. Esa neutralidad permite al lector recibir toda la información para después decidir por sí mismo cómo afecta a su vida y a su forma de pensar. Podemos hablar de un acto generoso y hasta paternal por parte del autor, que lo convierte en descubridor y guía. En cambio, la apuesta firme por una postura concreta puede vivirse como tendenciosa o poco rigurosa. Quizás en el caso que nos ocupa algo así sea necesario para combatir todos los prejuicios que han podido generarse sobre la menopausia, así como para poner en valor el esfuerzo de millones de mujeres que, una vez incapacitadas para tener hijos, fueron capaces de gestionar hogares, criar nietos y aconsejar a hijos sobre el futuro que les esperaba. Ojalá este libro sea el acicate de muchos otros que encuentren en la menopausia un terreno fértil.

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