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Perseguir a los coronavirus

La viróloga Shi Zhengli busca los orígenes del primer virus del SARS y de la COVID-19 en cuevas de China donde anidan murciélagos.

RICHARD BORGE

En síntesis

En 2004, Shi Zhengli descubrió un reservorio natural de coronavirus en cuevas de murciélagos del sur de China.

Los análisis genéticos han demostrado que varias veces han saltado a las personas y han causado enfermedades mortales, como la COVID-19.

El aumento de contactos entre los humanos y los animales silvestres aumenta el riesgo de nuevos brotes epidémicos.

Las muestras del paciente misterioso llegaron al Instituto de Virología de Wuhan a las 7 de la tarde del 30 de diciembre de 2019. Poco después, sonaba el móvil de Shi Zhengli. Era su jefe, el director del instituto. El Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Wuhan había detectado un nuevo coronavirus en dos pacientes con neumonía atípica ingresados en el hospital y quería que el famoso laboratorio de Shi lo investigara. Si se confirmaba el hallazgo, el nuevo patógeno podría suponer una grave amenaza de salud pública, porque pertenecía a la misma familia de virus que el que causó el síndrome respiratorio agudo grave (SARS, por sus siglas en inglés), una enfermedad que afectó a 8100 personas y mató a casi 800 de ellas entre 2002 y 2003. «Deja todo lo que estés haciendo y dedícate a esto», recuerda Shi que le dijo el director.

Shi, viróloga a la que sus colegas han apodado la «mujer murciélago» (bat woman) de China por sus expediciones en busca de virus en cuevas de murciélagos durante los últimos 16 años, abandonó la conferencia de Shanghái a la que asistía y se subió al primer tren de regreso a Wuhan. «Me preguntaba si [la autoridad sanitaria municipal] lo había entendido mal», dijo. «Nunca pensé que algo como esto pudiera suceder en Wuhan, en el centro de China». Sus estudios habían demostrado que las provincias meridionales y subtropicales de Guangdong, Guangxi y Yunnan eran las que tenían más riesgo de albergar coronavirus que pudieran saltar de los animales a los humanos (especialmente desde los murciélagos, un reservorio conocido). Si los coronavirus fueran los culpables, recuerda haber pensado, «¿podrían proceder de nuestro laboratorio?».

Mientras el equipo de Shi en el instituto de Wuhan, una filial de la Academia China de las Ciencias, se apresuraba a buscar la identidad del patógeno —durante la semana siguiente relacionaron la enfermedad con el nuevo coronavirus, denominado SARS-CoV-2—, la infección se propagó como un incendio incontrolado. Al cierre de este número, en China ya se habían infectado más de 84.000 personas. Alrededor del 80 por ciento vivían en la provincia de Hubei, de la que Wuhan es la capital, y fallecieron más de 4600. Fuera de China, más de 4,7 millones de personas de más de 200 países y territorios se habían contagiado con el virus, y más de 315.000 habían muerto por la enfermedad que este provoca, la COVID-19.

Los científicos llevaban mucho tiempo avisando de que el ritmo de aparición de nuevas enfermedades infecciosas se está acelerando; sobre todo, en los países en vías de desarrollo, con altas densidades de población y de animales que se desplazan y entremezclan cada vez con mayor frecuencia. «Es extremadamente importante localizar el origen de la infección y la cadena de transmisión entre especies», opina el ecólogo de enfermedades Peter Daszak, presidente de EcoHealth Alliance, organización científica sin ánimo de lucro con sede en Nueva York que colabora con expertos, como Shi, de treinta países de Asia, África y Oriente Medio para descubrir nuevos virus en animales silvestres. Otra tarea igualmente importante, añade, consiste en encontrar otros patógenos para «evitar que se repitan incidentes similares».

Las cuevas
Para Shi, la primera expedición en busca de virus fue como irse de vacaciones. En un soleado y agradable día de primavera de 2004, se unió a un equipo internacional de investigadores para recoger muestras en colonias de murciélagos que ocupaban cuevas cercanas a Nanning, la capital de Guangxi. Su primera cueva tenía las características típicas de las de la región: grande, rica en columnas de caliza y, al ser un famoso destino turístico, de fácil acceso. «Resultó fascinante», recuerda Shi. Estalactitas de color blanco lechoso colgaban del techo como carámbanos que relucían gracias a la humedad.

Pero esa atmósfera vacacional pronto se disipó. Muchos murciélagos, incluidas varias especies insectívoras de murciélagos de herradura que abundan en el sur de Asia, anidan en cuevas profundas y estrechas situadas en terrenos escarpados. A menudo guiados por los consejos de aldeanos locales, Shi y sus colaboradores tenían que caminar durante horas para llegar a los lugares apropiados y luego avanzar lentamente a través de grietas en las rocas. Los mamíferos voladores pueden ser muy escurridizos. En una semana frustrante, el equipo exploró más de treinta cuevas y vieron solo una docena de murciélagos.

Estas expediciones estaban destinadas a atrapar al culpable del brote de SARS, la primera epidemia importante del siglo XXI. Un equipo de Hong Kong demostró que unas personas que comerciaban con animales silvestres se habían contagiado con el coronavirus del SARS a partir de civetas (mamíferos parecidos a mangostas que son nativos de las regiones tropicales y subtropicales de Asia y África).

Antes del SARS, el mundo sabía muy poco sobre los coronavirus —se denominan así porque su superficie con protuberancias se asemeja a una corona solar cuando se examina bajo el microscopio, explica Linfa Wang, directora del programa de enfermedades infecciosas emergentes en la Facultad de Medicina Duke-NUS de Singapur—. Los coronavirus eran conocidos sobre todo por causar los típicos resfriados. «La epidemia de SARS cambió las reglas del juego», explica Wang. Fue la primera aparición de un coronavirus mortal con el potencial de convertirse en pandemia. Ese incidente ayudó a poner en marcha una búsqueda en todo el mundo de virus animales que pudieran saltar a los humanos. Shi fue una de las primeras en participar en esa búsqueda, y tanto Daszak como Wang llevan tiempo siendo sus colaboradores.

Continuaba siendo un misterio cómo se habían contagiado las civetas con el virus del SARS, aunque se conocían dos incidentes previos reveladores: las infecciones por el virus Hendra ocurridas en Australia durante 1994, en las que el patógeno saltó de los caballos a los humanos, y la epidemia de virus Nipah en 1998 en Malasia, en la que el virus saltó de los cerdos a las personas. Wang descubrió que ambas enfermedades las habían causado patógenos procedentes de murciélagos frugívoros. Los caballos y los cerdos solo fueron hospedadores intermedios. Los murciélagos que se vendían en el mercado de Guangdong también contenían trazas de virus del SARS, pero muchos científicos consideraron que se trataba de una contaminación. Wang, sin embargo, pensó que estos animales podían ser la fuente original.

Durante esos primeros meses de 2004 dedicados a «perseguir» virus, siempre que el equipo de Shi localizaba una cueva de murciélagos, colocaba una red en la entrada antes de que anocheciera y esperaba a que las criaturas nocturnas salieran para alimentarse de noche. Una vez que los atrapaban, los investigadores les extraían sangre y muestras de saliva, además de heces, trabajando a menudo hasta altas horas de la madrugada. Después de dormir un poco, regresaban a la cueva a la mañana siguiente para recoger orina y deyecciones.

Pero en ninguna de las muestras hallaron rastro alguno de material genético de los coronavirus. Fue un golpe duro. «Parecía que ocho meses de trabajo intenso se habían ido por el desagüe», explica Shi. «Pensamos que, a lo mejor, los murciélagos no tenían nada que ver con el SARS». Estaban a punto de rendirse cuando un grupo de un laboratorio vecino les entregó un kit de diagnóstico para detectar la presencia de anticuerpos producidos por personas con SARS.

No había garantías de que la prueba funcionara con los anticuerpos de los murciélagos, pero Shi le dio una oportunidad. «¿Qué podíamos perder?», comenta. Los resultados superaron sus expectativas. Las muestras de las tres especies de murciélagos de herradura contenían anticuerpos contra el virus del SARS. «Fue un punto de inflexión para el proyecto», explica Shi. Los investigadores averiguaron que la presencia de coronavirus en los murciélagos era efímera y estacional, pero los anticuerpos podían durar desde semanas a años. El kit de diagnóstico, por tanto, era una herramienta valiosa a la hora de encontrar secuencias del genoma vírico.

EN 2004, EN EL EXTERIOR DE UNA CUEVA de Guangxi, en China, donde anidan murciélagos, Shi Zhengli libera un murciélago de la fruta después de extraerle una muestra de sangre (<em>arriba</em>). Un grupo de investigadores en la misma región prepara muestras sanguíneas de estos animales que examinarán posteriormente en busca de virus y otros patógenos (<em>abajo</em>). [SHUYI ZHANG]


El equipo de Shi utilizó la prueba de anticuerpos para acotar la lista de localizaciones y de especies de murciélago que había que perseguir para hallar indicios del genoma. Después de recorrer terrenos montañosos en la mayoría de las provincias chinas, dirigieron su atención a un único lugar: la cueva Shitou, en las afueras de Kunming, la capital de Yunnan, donde pusieron en marcha una recogida intensa de muestras en diferentes estaciones durante cinco años consecutivos.

Los esfuerzos valieron la pena. Los «cazadores» de patógenos descubrieron en murciélagos cientos de coronavirus de una increíble diversidad genética. «La mayoría de ellos eran inocuos», indica Shi. Pero una docena pertenecía al mismo grupo que el virus del SARS. Pueden infectar a células pulmonares humanas en una placa de Petri, provocar enfermedades parecidas al SARS en ratones y no se ven afectados por las vacunas y fármacos que funcionan contra este síndrome en ensayos con animales.

En la cueva de Shitou, donde el minucioso escrutinio ha dado lugar a una biblioteca genética natural de virus presentes en murciélagos, el equipo descubrió una cepa de coronavirus que procedía de murciélagos de herradura y que tenía una secuencia genómica idéntica en un 97 por ciento a la encontrada en las civetas de Guangdong. El hallazgo supuso la culminación de la búsqueda del reservorio natural del coronavirus asociado al SARS que había durado una década.

Una mezcla peligrosa
En muchas de las cuevas donde anidan murciélagos en las que Shi tomó muestras, incluida la de Shitou, «la mezcla constante de diferentes virus ofrece grandes oportunidades para que aparezcan nuevos patógenos peligrosos», explica Ralph Baric, virólogo de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Si uno vive cerca de esos crisoles víricos, explica Shi, «no necesita ser un comerciante de animales salvajes para infectarse».

Cerca de la cueva de Shitou, hay muchas aldeas dispersas entre las frondosas laderas de una región conocida por sus rosas, naranjas, nueces y majuelas. En octubre de 2015, el equipo de Shi recogió muestras de sangre de más de 200 residentes en cuatro de esas aldeas. Descubrió que seis personas, es decir, casi el 3 por ciento, portaba anticuerpos contra coronavirus parecidos al del SARS de los murciélagos —aunque ninguno de ellos había tenido contacto con animales silvestres ni había informado haber padecido ningún síntoma que se asemejara a los del SARS o a los de la neumonía—. Solo uno de ellos había viajado fuera de Yunnan antes de la toma de muestras y todos dijeron que habían visto murciélagos volando en sus aldeas.

Tres años antes, el equipo de Shi había ido a investigar el perfil vírico de un pozo de una mina en el montañoso condado de Mojiang en Yunnan (famoso por su té pu-erh, o té rojo), donde seis mineros sufrieron enfermedades similares a una neumonía y dos de ellos fallecieron. Después de tomar muestras en la cueva durante un año, los investigadores descubrieron un grupo diverso de coronavirus en seis especies de murciélagos. En muchos casos, múltiples cepas víricas habían infectado a un único animal, convirtiéndolo en una fábrica volante de nuevos virus.

«El pozo de la mina apestaba como el infierno», explica Shi, quien, al igual que sus colaboradores, llevaba una mascarilla y ropa protectora. «El guano de murciélago, recubierto de hongos, cubría el suelo de la cueva.» Aunque resultó que fue el hongo el patógeno que enfermó a los mineros, Shi cree que solo hubiese sido cuestión de tiempo que se acabaran contagiando con los coronavirus si la mina no se hubiera cerrado de inmediato.

Varios fenómenos están transformando nuestro planeta: las poblaciones humanas ocupan cada vez más los hábitats silvestres y provocan cambios sin precedentes en el uso de la tierra; la fauna salvaje y el ganado son transportados entre países, y sus productos, a lo largo y ancho del globo; y cada vez hay más viajes tanto domésticos como internacionales. Si se tienen en cuenta todos ellos, las pandemias de nuevas enfermedades son una certidumbre casi matemática. Esa consideración no había permitido conciliar el sueño a Shi y a muchos otros investigadores desde mucho antes de que las misteriosas muestras llegaran al Instituto de Virología de Wuhan en esa tarde de mal agüero del pasado diciembre.

Hace más de un año, el equipo de Shi publicó dos análisis completos sobre coronavirus en Viruses y en Nature Reviews Microbiology. Basándose en los datos de sus propios estudios (muchos de los cuales fueron publicados en revistas académicas de primer nivel) y en los de otros investigadores, Shi y otros autores advirtieron del riesgo de futuras epidemias de coronavirus portados por murciélagos.

EN LA PROVINCIA CHINA DE YUNNAN, científicos de EcoHealth Alliance, un grupo internacional que investiga enfermedades que puedan saltar de animales a humanos, andan a la caza de patógenos en una cueva donde anidan murciélagos. [ECOHEALTH ALLIANCE]


El peor panorama posible

En el tren de vuelta a Wuhan, el 30 de diciembre del año pasado, Shi y sus colaboradores discutieron sobre cómo analizar de inmediato las muestras de los pacientes. Durante las semanas siguientes, la época más intensa y estresante de su vida, la mujer murciélago de China se dio cuenta de que estaba luchando en una batalla que era la peor de sus pesadillas, aunque fuera una para la que se había estado preparando durante los últimos 16 años. Mediante una técnica llamada reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés), que puede detectar la presencia de un virus al amplificar su material genético, el equipo observó que las muestras de cinco de los siete pacientes contenían secuencias genéticas presentes en todos los coronavirus.

Shi dio instrucciones a su grupo para que repitieran las pruebas y, al mismo tiempo, envió las muestras a otro centro para que secuenciaran todos los genomas víricos. Mientras tanto, analizó frenéticamente los registros de su laboratorio de los últimos años para ver si se había producido algún error en la gestión de los materiales experimentales, especialmente durante su eliminación. Shi respiró aliviada cuando llegaron los resultados: ninguna de las secuencias coincidía con la de los virus que aparecían en las muestras que su equipo había obtenido en las cuevas de los murciélagos. El nuevo coronavirus no procedía de su laboratorio. «Eso me quitó un enorme peso de encima», explica Shi. «No había podido pegar ojo durante días.»

El 7 de enero, el equipo de Wuhan había determinado que el nuevo virus había causado la enfermedad que sufrían esos pacientes. Su conclusión se basaba en los resultados de los análisis de PCR, de la secuenciación completa del genoma, de las pruebas de anticuerpos de las muestras sanguíneas y de la capacidad del virus para infectar las células pulmonares humanas en una placa de Petri. La secuencia del genoma del virus, al que finalmente se le dio el nombre de SARS-CoV-2, era idéntica en un 96 por ciento a la del coronavirus que los investigadores habían identificado en los murciélagos de herradura de Yunnan. Sus resultados aparecieron en un artículo publicado en línea el 3 de febrero en Nature. «Está muy claro que los murciélagos, una vez más, son el reservorio natural», explica Daszak, que no participó en el estudio.

Desde entonces, se han publicado más de 3400 secuencias de genoma del virus, las cuales indican que las muestras de distintas partes del mundo parecen «compartir un antepasado común», explica Baric. Los datos también apuntan a una única introducción en los humanos, a la que ha seguido una transmisión entre personas.

Dado que el virus parece bastante estable inicialmente y una gran parte de los individuos infectados muestran síntomas leves, los científicos sospechan que el patógeno ya debía estar circulando desde hacía semanas o incluso meses antes de que los casos graves hicieran saltar la alarma. «Pudieron haberse producido minibrotes, pero los virus o se agotaron o se mantuvieron a un nivel de transmisión bajo antes de causar estragos», indica Baric. La mayoría de los virus presentes en los animales reaparecen periódicamente, añade, por lo que «el brote de Wuhan no es, de ninguna manera, accidental».

Mercados de animales
Para muchos, los mercados de animales silvestres de la región, en los que se vende un amplio abanico de animales, como murciélagos, civetas, pangolines, tejones y cocodrilos, son un crisol perfecto de virus. Aunque los humanos podrían haberse contagiado con el virus mortal directamente de los murciélagos (según varios estudios, incluidos los de Shi y sus colaboradores), varios equipos independientes han propuesto que los pangolines pueden haber sido un hospedador intermedio. Estos equipos han descubierto repetidas veces coronavirus parecidos al SARS-CoV-2 en pangolines atrapados en operaciones contra el contrabando de animales en el sur de China.

El 24 de febrero, China anunció la prohibición permanente de consumir y comerciar con animales silvestres excepto para la investigación científica, el uso médico o la exhibición, lo que acabará con una industria que tiene un valor de 76.000 millones de dólares y que dejará sin trabajo a 14 millones de personas, según un informe de 2017 encargado por la Academia China de Ingeniería. Algunos lo vieron con buenos ojos, pero otros, como Daszak, están preocupados por el hecho de que una prohibición total pueda, simplemente, llevar a la clandestinidad el negocio si no hay un esfuerzo por cambiar las creencias tradicionales o por proporcionar un medio de vida alternativo. «El consumo de animales silvestres ha formado parte de la tradición cultural» de China desde hace miles de años, explica Daszak. «Eso no cambiará de un día para otro.»

En cualquier caso, «el comercio y el consumo de animales salvajes constituyen tan solo una parte del problema», comenta Shi. A finales de 2016, los cerdos de cuatro granjas del condado de Qingyuan en Guandgdong (a 96 kilómetros del lugar en el que se originó el brote de SARS) sufrieron vómitos y diarreas graves, y casi 25.000 de esos animales murieron. Los veterinarios locales no lograron detectar ningún patógeno conocido y llamaron a Shi para que les echase una mano. La causa de la enfermedad, el síndrome de diarrea aguda porcina (SADS, por sus siglas en inglés), resultó ser provocada por un virus cuya secuencia del genoma era un 98 por ciento idéntica a la del coronavirus encontrado en los murciélagos de herradura de una cueva cercana.

«Es un motivo serio de preocupación», indica Gregory Gray, epidemiólogo especializado en enfermedades infecciosas de la Universidad Duke. Los cerdos y los humanos poseen sistemas inmunitarios muy parecidos, lo que facilita que los virus salten de una especie a otra. Además, un equipo de la Universidad de Zhejiang, en la ciudad china de Hangzhou, descubrió que el virus SADS podía infectar a células de numerosos organismos en una placa de Petri, entre ellos, ratones, gallinas, primates no humanos y humanos. Dada la cantidad de granjas porcinas que existen en muchos países, como en China y en Estados Unidos, explica Gray, nuestra máxima prioridad debería ser buscar un nuevo coronavirus en los cerdos.

La epidemia es la séptima causada por virus presentes en murciélagos en las tres últimas décadas, después de la del Hendra en 1994, la del Nipah en 1998, la del de Marburgo en 1999 (y varios episodios posteriores), la del SARS en 2002, la del MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio) en 2012 y la del Ébola en 2014. Pero «los animales [en sí mismos] no son el problema», indica Wang. De hecho, los murciélagos fomentan la biodiversidad y la salud del ecosistema al comer insectos y polinizar las plantas. «El problema es cuando entramos en contacto con ellos.»

Prevención
Cuando hablé con Shi el pasado febrero, dos meses después del inicio de la epidemia y un mes después de que el Gobierno impusiera severas restricciones de movimiento en Wuhan (una megaciudad de 11 millones de habitantes), ella dijo, riendo, que la vida parecía casi normal. «Puede que nos estemos acostumbrando a la situación. Sin duda, los peores días ya han pasado.» Los miembros del instituto tenían un pase especial para ir de su casa al laboratorio, pero no podían desplazarse a ningún otro sitio. Tenían que subsistir a base de fideos instantáneos durante las largas jornadas de trabajo porque el bar del instituto estaba cerrado.

Siguen apareciendo revelaciones sobre el nuevo coronavirus. Los investigadores descubrieron, por ejemplo, que el patógeno entra en las células pulmonares humanas utilizando un receptor llamado enzima convertidora de angiotensina 2, y tanto ellos como otros grupos han estado probando fármacos que puedan bloquearla. Los científicos también están intentando desarrollar vacunas a toda prisa. A la larga, el equipo de Wuhan planea desarrollar vacunas y fármacos de amplio espectro contra los coronavirus considerados peligrosos para los humanos. «La epidemia de Wuhan es una llamada de atención», apunta Shi.

Muchos científicos opinan que el mundo debería hacer algo más que responder a los patógenos mortales cuando aparecen. «La mejor manera de proceder es la prevención», indica Daszak. Dado que el 70 por ciento de las enfermedades infecciosas emergentes de origen animal proceden de la fauna silvestre, nuestra máxima prioridad debería ser identificarlas y desarrollar mejores pruebas de diagnóstico, añade. Hacerlo significará continuar en una escala mucho mayor lo que investigadores como Daszak y Shi han estado haciendo antes de que sus proyectos se quedaran sin fondos este año.

Esos esfuerzos deberían centrase en los grupos víricos de alto riesgo presentes en mamíferos propensos a las infecciones por coronavirus, como murciélagos, roedores, tejones, civetas, pangolines y primates no humanos, explica Daszak. Añade que los países tropicales en vías de desarrollo en los que la diversidad de vida silvestre es enorme deberían ser la primera línea en esta guerra contra los virus.

Daszak y sus colaboradores han analizado unas 500 enfermedades infecciosas humanas del pasado siglo. Descubrieron que la aparición de nuevos patógenos suele ocurrir en lugares en los que una densa población ha estado cambiando el paisaje, con la construcción de carreteras y minas, la tala de bosques y la intensificación de la agricultura. «China no es la única zona conflictiva», y añade que otras economías emergentes importantes, como India, Nigeria y Brasil, también son zonas de gran riesgo.

Cuando los posibles patógenos hayan sido localizados, los científicos y los funcionarios de salud pública podrán comprobar con cierta regularidad si producen infecciones; para ello deberán analizar muestras de sangre y frotis del ganado, de los animales silvestres que se crían en granjas y con los que se comercia y de poblaciones humanas de alto riesgo, como granjeros, mineros, aldeanos que viven cerca de murciélagos y gente que caza o maneja animales salvajes, explica Gray. Este enfoque, conocido como «Una sola salud», intenta integrar la gestión sanitaria de los animales salvajes, el ganado y las personas. «Solo entonces podremos detectar un brote antes de que se convierta en epidemia», apunta, y añade que la estrategia podría salvar los cientos de miles de millones de dólares que puede costar una epidemia.

De nuevo en Wuhan, donde el aislamiento se levantó el 8 de abril, la mujer murciélago de China no está para celebraciones. Se siente angustiada porque tanto en Internet como en los principales medios de comunicación han sugerido repetidamente que el SARS-CoV-2 saltó accidentalmente de su laboratorio, a pesar de que la secuencia genética del virus no coincide con ninguna de las que estudiaban allí. Otros científicos han descartado rápidamente esa acusación. «Shi dirige un laboratorio de primera categoría mundial que cuenta con los más altos estándares», explica Daszak.

A pesar del enfado, Shi está decidida a continuar con su trabajo. «La misión debe seguir. Lo que hemos descubierto es solo la punta de un iceberg», comenta. Está planeando dirigir un proyecto nacional para analizar sistemáticamente virus presentes en las cuevas de murciélagos, con un ámbito mucho más amplio y con mucha más intensidad que los intentos anteriores. El equipo de Daszak ha calculado que, en los murciélagos, hay más de 5000 cepas de coronavirus esperando a ser descubiertas.

«Los coronavirus presentes en los murciélagos provocarán más brotes», indica Shi, con un tono de inquietante certeza. «Debemos encontrarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros.»


PARA SABER MÁS

Bat coronaviruses in China. Yi Fan et al. en Viruses, vol. 11, artículo n.o 210, marzo de 2019.

Origin and evolution of pathogenic coronaviruses. Jie Cui, Fang Li y Zheng-Li Shi en Nature Reviews Microbiology, vol. 17, págs. 181-192, marzo de 2019.

A pneumonia outbreak associated with a new coronavirus of probable bat origin.
Peng Zhou et al. en Nature, vol. 579, págs. 270-273, marzo de 2020.

 

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