COVID-19: Endémica no significa inofensiva

Las suposiciones demasiado optimistas ponen en peligro la salud pública

[iStock/Nisern]

La palabra endémica se ha convertido en una de las que más se utilizan de forma incorrecta en la pandemia. Y muchas de las creencias erróneas resultantes alientan una despreocupación fuera de lugar. El término no significa que la COVID-19 llegará a un fin por sí sola.

Para los epidemiólogos, una infección endémica es aquella en la que las tasas generales permanecen estáticas, ni suben ni bajan. Para ser más exactos, supone que el porcentaje de personas que pueden contraerla se equilibra con el «número reproductivo básico» del virus, esto es, el número de individuos a los que contagiaría una persona infectada en una población que es susceptible de enfermar. Sí, los resfriados comunes son endémicos. Igual que la fiebre de Lassa, la malaria y la poliomielitis. Y lo era la viruela hasta que las vacunas la erradicaron.

En otras palabras, una enfermedad puede ser endémica y, a la vez, generalizada y letal. En 2020 fallecieron más de 600.000 personas a causa de la malaria. Ese mismo año, diez millones de personas contrajeron tuberculosis y 1,5 millones murieron. Endémico no significa en absoluto que la evolución haya domesticado de algún modo a un patógeno y, por lo tanto, la vida simplemente regrese a la «normalidad».

Como virólogo evolutivo, me exaspera que los responsables políticos se escuden en este término para hacer poco o nada. La política sanitaria mundial es mucho más que aprender a convivir con virus endémicos, ya sean rotavirus, de la hepatitis C o del sarampión.

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