Destrucción, muerte, hambruna e invierno nuclear

La ciencia ha analizado en varias ocasiones los efectos climáticos y ecológicos de una guerra nuclear.

AMCK/ISTOCK

En los últimos tres decenios, el temor a un «Armagedón nuclear» ha decaído. El arsenal mundial de armas nucleares se ha reducido en un 80 por ciento desde 1990, y las amenazas planteadas por Estados canallas como Irán o Corea del Norte no han presagiado un conflicto global.

Pero la prepotencia nuclear de Rusia ha reavivado este temor. El presidente Vladimir Putin ha puesto las fuerzas nucleares rusas en estado de alerta durante la invasión de Ucrania. Corremos el riesgo de situarnos de nuevo al borde de un conflicto entre superpotencias nucleares, como en la Guerra Fría.

En el caso improbable de que el conflicto en Ucrania desembocara en un ataque nuclear, las consecuencias serían nefastas, y no solo por la terrible pérdida de vidas humanas. Un conflicto nuclear limitado, en el que solo se usara un 1 por ciento del arsenal nuclear mundial, bastaría para devastar el clima y provocar muerte y sufrimiento en todo el planeta.

Es el «invierno nuclear». Para las generaciones más jóvenes puede parecer una escena del videojuego Fallout. Pero aquellos que vivieron los ochenta, una década de tensiones y crisis internacionales, de saturación de armamento nuclear y de proliferación de libros y películas sobre el juicio final, reconocerán la sensación de estar al borde de una catástrofe nuclear y ambiental.

El primer estudio científico del impacto climático de una guerra nuclear se debe al holandés Paul J. Crutzen, experto en química atmosférica (nóbel de química en 1995), y su colega británico John Birks. En 1982 explicaron que un intercambio de ataques nucleares causaría numerosos incendios y una humareda muy densa, capaz de cubrir completamente la atmósfera y bloquear la radiación solar. Describieron este efecto como el «crepúsculo nuclear» (o el amanecer nuclear).

Un año después, cinco investigadores que trabajaban en Estados Unidos, entre los cuales se contaba el científico de la atmósfera Richard P. Turco y el astrónomo Carl Sagan, publicaron un estudio en el que mejoraban esas predicciones mediante modelos computacionales. Concluyeron que los efectos climáticos de una guerra nuclear serían mucho más duraderos de lo que se creía hasta entonces y provocarían un «invierno nuclear». La luz solar no podría atravesar la capa atmosférica de humo y calentar la superficie terrestre. Sería un invierno severo «en cualquier estación».

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