La aparición de una inteligencia científica colectiva

Los investigadores han hallado nuevas formas de comunicarse y colaborar con rapidez.

[LUCA LOCATELLI/INSTITUTE]

La ciencia casi siempre es lenta y tediosa. Los investigadores se pasan décadas bregando en los oscuros límites del conocimiento humano, mientras recogen y analizan datos, perfeccionan teorías, escriben, debaten y mejoran poco a poco nuestra comprensión del mundo. La mayoría están acostumbrados a trabajar en proyectos muy especializados, en pequeños equipos y lejos de los focos.

Pero una calamidad lo ha trastocado todo. A comienzos de 2020, la COVID-19 se extendió por el planeta y puso en peligro millones de vidas. Por aquel entonces apenas sabíamos nada sobre la naturaleza de aquella amenaza: tan solo unos meses antes, nadie había oído hablar aún del virus SARS-CoV-2.

Cuando apareció la enfermedad, todos los investigadores aunaron fuerzas. Los biólogos (como nosotros dos), virólogos e inmunólogos pasaron a centrarse en el nuevo patógeno. Y otros científicos de los campos más diversos (economistas, físicos, ingenieros, estadísticos, psicólogos o sociólogos, entre otros) lo dejaron todo para estudiar la COVID-19 y hallar el modo de ayudar. El interés público se disparó. Muchos científicos con escasa experiencia en comunicación pública aprendieron a trabajar  codo con codo con los periodistas, para informar a una población preocupada por lo que estaba ocurriendo, lo que cabía esperar y lo que podía hacer para mantenerse a salvo. Se alcanzaron cotas asombrosas de cooperación y colaboración: dos grandes encuestas realizadas a científicos en 2020 y 2021 muestran que en torno a una tercera parte de los investigadores de Estados Unidos y Europa contribuyeron a la causa.

Esa amplia colaboración se estableció con rapidez y eficacia en distintos frentes. El 30 de diciembre de 2019, una red de vigilancia epidemiológica publicó la primera nota informativa en inglés sobre una serie de casos de neumonía de origen desconocido registrados en la ciudad china de Wuhan. Ocho días más tarde, los científicos del país oriental identificaron el patógeno como un nuevo coronavirus, y en tan solo otros dos días se publicó la secuencia completa del genoma. Finalmente, el 13 de enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud proporcionó instrucciones para la realización de pruebas diagnósticas de reacción en cadena de la polimerasa (PCR) basadas en ese genoma.

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