La «cajalización» de la física española

Blas Cabrera y la modernización científica previa a la Guerra Civil.

 

Blas Cabrera, científico español y universal
José Manuel Sánchez Ron
Catarata, 2021

 

La ciencia también fue partícipe de la llamada «edad de plata de la cultura española», una etapa histórica que se desarrolla durante las primeras décadas del siglo xx y concluye de manera abrupta en 1936, con el inicio de la Guerra Civil. Aunque en el caso de la literatura existe cierta controversia acerca del momento exacto en que arranca este período —autores como Julio Caro Baroja lo retrotraen hasta 1868— el aggiornamento científico español tiene un origen claro: el reconocimiento internacional de la obra de Santiago Ramón y Cajal, y, más concretamente, su premio Nobel de 1906.

Pese a que la ciencia española no nació con Cajal, su monumental figura fue un importantísimo referente para las generaciones más jóvenes, que vieron en ella la prueba de que en España también era posible hacer ciencia competitiva a nivel internacional. La gran autoridad y prestigio intelectual del histólogo aragonés fue clave, asimismo, para persuadir a los poderes públicos de que proveyeran los medios materiales necesarios para la modernización científica del país. Por todo ello, está justificado hablar de una «cajalización» de la ciencia española, tomando prestado el afortunado término que acuñó Leoncio López-Ocón Cabrera para designar este proceso de incorporación de España a la ciencia internacional.

En Blas Cabrera, científico español y universal, el historiador de la ciencia y académico de la RAE José Manuel Sánchez Ron traza la vida y obra de uno de los actores clave de esa cajalización: el físico Blas Cabrera (1878-1945), a quien podemos considerar con toda justicia el introductor de la física moderna en España. Pero, además de una semblanza biográfica, el libro también pretende reconstruir una parte significativa de la vida científica española en la etapa anterior a la Guerra Civil. Y es que la vida de Cabrera fue parte indisociable de ese devenir científico, con el que estuvo profundamente entretejida.

La modernización exigía, entre otras cosas, la erradicación de lo que Cajal había denominado las «enfermedades de la voluntad», que aquejaban a la vida académica española y para las que la internacionalización se percibía como la mejor terapia. Un elemento clave fue la creación en 1907 de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Esta institución —presidida por Cajal hasta su muerte en 1934— no solo financió la formación de científicos y humanistas en centros intelectuales de Europa y Estados Unidos, sino que dio cabida a institutos de investigación creados según el modelo de los laboratorios extranjeros y que contribuyeron a situar a España en el circuito científico internacional.

La JAE, cuya historia se repasa con todo lujo de detalle en el libro, tuvo una importancia radical en la biografía de Cabrera. Por una parte porque, como pensionado de la institución en diversos laboratorios europeos, pudo entrar en contacto directo con la física contemporánea, en especial con los recientes desarrollos en relatividad y física cuántica. Pero también porque la JAE le brindó el marco en el que desarrollar su programa de renovación científica al fundar, en 1910, el Laboratorio de Investigaciones Físicas, que a principios de los años treinta se convertiría (con el apoyo económico de la Fundación Rockefeller) en el Instituto Nacional de Física y Química. Bajo la dirección del propio Cabrera, ambas instituciones procuraron a la creciente —en cantidad y calidad— comunidad de físicos y químicos españoles los medios para realizar una labor investigadora que las universidades no facilitaban. Entre sus beneficiarios se contaron Miguel Catalán, Arturo Duperier, Enrique Moles, Julio Palacios o Salvador Velayos.

Como es natural, una parte considerable de la obra de Sánchez Ron está dedicada al trabajo científico de Blas Cabrera. Aunque se inició como investigador en física atmosférica, su principal campo de actividad fue el magnetismo experimental. Particularmente importantes fueron sus estudios del paramagnetismo de las tierras raras, un conjunto de elementos entre los que figuran el escandio, el itrio y los lantánidos. Las medidas de la susceptibilidad magnética de algunos de sus compuestos le llevaron a proponer, en colaboración con Duperier, una modificación de la ley de Curie-Weiss, que determina la dependencia de ese parámetro físico con la temperatura. Otro objetivo de esas mediciones era determinar si los momentos magnéticos estaban cuantizados en unidades del «magnetón de Weiss», cuyo valor no podía explicarse con la nueva teoría cuántica. Quizás por su larga y estrecha relación científica con Pierre Weiss (quien había acabado de empujarlo hacia la física del magnetismo), Cabrera fue un firme defensor del magnetón de Weiss, que, sin embargo, acabaría siendo descartado en favor del de Bohr. En cualquier caso, sus investigaciones experimentales tuvieron un gran impacto y le granjearon una excelente reputación entre la comunidad científica.

De la relevancia de sus trabajos da fe no ya el que Cabrera lograra atraer a España a grandes figuras de la física como Albert Einstein, Erwin Schrödinger, Marie Skłodowska-Curie o Arnold Sommerfeld, sino, sobre todo, su notable proyección internacional. Cabe destacar su presencia en algunas de las reuniones científicas más relevantes de la época, en las que se discutió la incipiente mecánica cuántica: la conferencia Volta, celebrada en 1927 en el lago de Como, o los congresos Solvay de 1930 y 1933, donde fue miembro del comité científico y (en el primero de ellos) también ponente. Participó, asimismo, en la asamblea fundacional de la Unión Internacional de Física Pura y Aplicada, y ocupó el cargo de secretario del Comité Internacional de Pesas y Medidas. Este último puesto sería su tabla de salvación económica cuando, en 1937, decidió permanecer en París, donde se encontraba desde el inicio de la Guerra Civil, lo que le supuso perder su cátedra en Madrid. Finalizada la contienda, las presiones de las autoridades franquistas sobre el Comité forzaron la dimisión de Cabrera, quien, ante la imposibilidad de regresar a España, continuó su exilio en México, donde fallecería en 1945.

Blas Cabrera, científico español y universal es un verdadero alarde de erudición, un magnífico archivo documental de gran valor historiográfico sobre Cabrera y su tiempo. Pero esa dimensión de la obra acaba afectando a su conjunto. La profusión de información factual, las continuas y extensas citas textuales, y las frecuentes digresiones —algunas de gran interés y relevancia, otras más accesorias o excesivamente prolijas— llegan a desdibujar la figura del protagonista, dejando en la sombra aspectos importantes de su biografía. Todo ello hace que el lector pueda tener la sensación de que el libro contiene más datos que claves, echando de menos que el autor tome la palabra más a menudo para analizar e interpretar la información, en lugar de limitarse a dejar que hable por sí misma.

Aunque la Guerra Civil y la posterior dictadura truncarían la trayectoria ascendente de la física —y, en general, de la ciencia— en España, ni la figura ni la labor de Cabrera cayeron en saco roto. El posterior renacimiento de la disciplina debió mucho a su escuela, algunos de cuyos miembros (como su propio hijo Nicolás) regresaron del exilio para asumir el reto de revitalizar y reinternacionalizar la física española. Por ello, y a pesar de los inconvenientes mencionados, el libro de Sánchez Ron resulta una lectura recomendable, y no solo para el historiador de la ciencia que busque en ella un tesoro documental o para los interesados en la cultura española del siglo xx. También, y quizás en especial, para aquellos que, por el mero hecho de hacer física en España, podemos considerarnos en cierta medida herederos intelectuales de Blas Cabrera y continuadores de su proyecto.

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