La COVID-19 desata un auge de diagnósticos

La pandemia ha acelerado el desarrollo de pruebas punteras de PCR que han acabado volviéndose imprescindibles

WILLY SSENGOOBA, fotografiado en Kampala en enero de 2022, puso a punto las pruebas para la COVID-19 en las fronteras de Uganda. [Esther Ruth Mbabazi]

Hace diez años que Willy Ssengooba comenzó a recorrerse toda Uganda para formar a los sanitarios en el uso de una nueva máquina con la que detectar la tuberculosis. Esta enfermedad pulmonar mortal infecta cada año a unas 90.000 personas en África Oriental, aunque su diagnóstico a veces se retrasa meses con los métodos tradicionales, como el cultivo de muestras de esputos tusivos. Las nuevas máquinas realizaban ensayos moleculares rápidos que arrojaban los resultados en un par de horas, con lo que los pacientes que daban positivo se podían derivar inmediatamente a un tratamiento de emergencia. Ssengooba, que es director científico de la unidad de investigación micobacteriológica en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Makerere, en Kampala, ayudó a montar 265 dispositivos en hospitales de todo el país. Como aumentó el número de diagnósticos precoces (sobre todo entre los grupos vulnerables, como los niños y los infectados por el VIH), descendieron las muertes asociadas a la tuberculosis. Ssengooba lo consideró un éxito importante y quiso desplegar más equipos. Pero convencer a los políticos del poder de esa técnica era una ardua tarea.

Entonces llegó la COVID-19. No mucho después de que se describiese el primer caso en Uganda, el 21 de marzo de 2020, Ssengooba recibió un mensaje del gabinete del Ministerio de Sanidad. Se habían dado cuenta de que la mayoría de los casos nuevos entraban por los pasos fronterizos, por lo que apremiaba su criba. ¿Conseguiría Ssengooba analizar a todo aquel que quisiera entrar en Uganda? El país entero confiaba en él.

Ssengooba y su equipo comenzaron a organizar la recogida de hisopos nasales de los transportistas en los puntos de entrada más habituales por donde los bienes importados entraban a un país sin costas. Las muestras (algunas veces más de 1000 al día) había que trasladarlas a Kampala, a unos 250 kilómetros. La capital era el lugar más cercano con los aparatos de laboratorio necesarios para llevar a cabo una reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por su nombre en inglés). Estas máquinas prodigiosas determinaban si una muestra contenía el material genético del SARS-CoV-2 gracias a unas sondas fluorescentes que se acoplaban a secuencias concretas del genoma del coronavirus.

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