ENFERMEDADES INFECCIOSAS

La COVID persistente pone el foco sobre las enfermedades crónicas

La sociedad no está preparada para las enfermedades infecciosas de larga duración

[THOMAS FUCHS]

Cuando irrumpió la primera ola del coronavirus en Estados Unidos, en marzo de 2020, lo que me impedía dormir por las noches no era solo la magnitud de la tragedia, sino también la idea de que después vendría una segunda crisis: una pandemia de enfermedades crónicas desencadenadas por el virus. Acababa de escribir un libro sobre síndromes asociados a infecciones y trastornos crónicos cuestionados, una rama de la medicina en la que tradicionalmente se investiga poco y a la que apenas se presta atención. En los últimos tiempos se ha visto que las infecciones pueden provocar síntomas físicos persistentes en algunos pacientes, pero la clase médica tiende a ignorar las experiencias de estas personas. Entre muchos otros trastornos, hablamos de la encefalomielitis miálgica o síndrome de fatiga crónica (EM/SFC), también llamada enfermedad de Lyme crónica.

Y así fue. Antes del verano, diversos grupos de pacientes que habían contraído el coronavirus en marzo se quejaban de que no mejoraban. En los foros de Internet, contaban su vivencia de lo que llamaron «COVID persistente» y empezaron a asociarse para reclamar más atención e investigación.

El clamor, sumado a la envergadura del problema, tuvo un efecto evidente en la actitud de los médicos, de modo que la COVID persistente recibió de golpe la visibilidad que la EM/SFC llevaba décadas buscando. En cuestión de meses, aparecieron unidades especializadas en COVID persistente en prestigiosos hospitales, como el Centro de Atención Pos-COVID del Hospital Monte Sinaí, en Nueva York. Se trata sin duda de un avance positivo: cuando yo misma sufrí una enfermedad de este tipo hace diez años, ojalá hubiese tenido un lugar así adonde acudir.

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