Las restricciones silencian la voz de los más vulnerables

La desigualdad en la vacunación impide que los principales afectados participen en las cumbres para salvar el planeta.

[HANNA BARCZYK]

Durante décadas, un sistema económico global basado en obtener beneficios a costa de la naturaleza ha impulsado las desigualdades, la destrucción ambiental y el cambio climático. Cientos de millones de personas son vulnerables a catástrofes (aparentemente) naturales, incluidas las pandemias causadas por la aparición de nuevos patógenos. Al exacerbar el nacionalismo xenófobo y provocar un apartheid vacunal, la COVID-19 ha intensificado esas peligrosas tendencias.

La población del sur global siempre ha estado infrarrepresentada en las conferencias internacionales donde se trazan las estrategias para el futuro, pero ahora las barreras a su participación se han tornado casi insalvables. Las restricciones impuestas por la COVID-19 están acallando las voces de quienes se han visto más afectados por la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Y eso ha permitido que las empresas y otros beneficiarios del orden neoliberal se adueñen de los procesos de toma de decisiones sobre estas cuestiones cruciales y urgentes, en detrimento de la gente y de la biosfera.

Desde que dio comienzo la pandemia, uno de los pocos grandes eventos que no se han visto afectados por las restricciones asociadas a la COVID-19 fue la Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios, celebrada el 23 de septiembre de 2021. La razón es que más de 300 organizaciones de la sociedad civil (las cuales representan a científicos, agricultores y pueblos indígenas) la boicotearon por considerar que no tenía en cuenta sus puntos de vista, o incluso los atacaba. Como observó la Alianza para la Soberanía Alimentaria en África (AFSA, por sus siglas en inglés), que representa a más de 200 millones de productores de alimentos africanos, la cumbre se había estructurado de modo que concedía a las multinacionales y sus aliados una influencia excesiva sobre los sistemas agrícolas mundiales. En consecuencia, el encuentro estaba destinado a «hacerse eco de las propuestas políticas continuistas y basadas en rápidas soluciones tecnológicas propias de la agenda agroindustrial», en palabras de la AFSA. El boicot, junto con una cumbre alternativa centrada en la soberanía alimentaria, podría haber evitado lo que muchos observadores consideraron un intento por parte del capital global de controlar el futuro de la agricultura.

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