Las teorías conspirativas dificultan la labor de los científicos

La hipótesis de que el virus de la COVID-19 procede de un laboratorio pone en peligro la investigación y la vida de las personas.

MURCIÉLAGO GRANDE DE HERRADURA (Rhinolophus ferrumequinum): Las investigaciones sobre el SARS-CoV-2 muestran una clara vía zoonótica a partir de los murciélagos. [STEPHEN DALTON/MINDEN PICTURES]

Cuando los hallazgos científicos amenazan la percepción de la gente de que controla su propia vida, no tardan en surgir teorías de la conspiración. Y la aparición de un virus no constituye una excepción: los nuevos patógenos siempre han venido acompañados de teorías conspirativas acerca de su origen. Los políticos a menudo sacan provecho de ellas y las difunden, y a veces incluso son ellos quienes las crean. En los años ochenta, el KGB soviético pergeñó una campaña masiva de desinformación sobre el SIDA, que afirmaba que la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. había creado el VIH como parte de un programa de investigación de armas biológicas. La campaña se sirvió de un artículo «científico» escrito por dos investigadores de Alemania del Este que parecía descartar que el virus hubiera surgido de forma natural en África, la teoría que sostenían los científicos occidentales y que desde entonces se ha constatado de forma inequívoca. En los países africanos, donde muchos investigadores y políticos consideraban racista la hipótesis que situaba el origen del SIDA en su continente, la campaña de desinformación cayó en terreno abonado. Al final, los medios occidentales se hicieron eco de la teoría conspirativa y esta se afianzó en EE.UU. Del mismo modo, cuando el virus del Zika se propagó en 2016 y 2017, las redes sociales se llenaron de denuncias sobre su creación como arma biológica.

Desde el principio, los datos del genoma llevaron a la mayoría de virólogos que investigaban el SARS-CoV-2 a pensar en un origen zoonótico: el virus habría saltado de los murciélagos a los humanos, con la posible ayuda de un animal huésped intermedio. Sin embargo, en vista de la conmoción y ansiedad que causó la pandemia, no fue ninguna sorpresa que el virus inspirara teorías conspirativas. Algunas de ellas, como la idea de que la COVID-19 se debía a la banda ancha de 5G (y no a un virus) o la de que la pandemia era una farsa, resultaban tan absurdas que eran fáciles de refutar. Pero otras tenían un aire de verosimilitud. La hipótesis de que el virus SARS-CoV-2 había sido diseñado en el Instituto de Virología de Wuhan (IVW) se vio favorecida por la ubicación del centro: está justo enfrente del mercado de Huanan (en la otra orilla del río Yangtsé), donde se detectaron muchos de los primeros casos de COVID-19. El hecho de que el Gobierno chino negara que en los mercados se vendían animales salvajes vivos también suscitó desconfianza, aunque ese extremo siempre se había sospechado y más tarde se confirmaría.

La «hipótesis de la fuga de un laboratorio» adquirió tal fuerza retórica y política que el presidente Joe Biden ordenó a los servicios de inteligencia de Estados Unidos que la investigaran. Pese a que el informe interinstitucional resultante, desclasificado en octubre de 2021, descartaba varias teorías populares relacionadas con la creación del virus en un laboratorio (como que el SARS-CoV-2 era un arma biológica o que el Gobierno chino conocía su existencia antes de que estallara la pandemia), no logró resolver de forma concluyente la cuestión de su origen.

¿Quiere eso decir que los defensores de la hipótesis de la fuga de un laboratorio destaparon una conspiración real que acabará saliendo a la luz si seguimos investigando? ¿O la retórica de la fuga del laboratorio se basa en teorías conspirativas, alimentadas por la ansiedad que genera el creciente protagonismo de China en el panorama mundial o por la existencia previa de hostilidad hacia la biotecnología y miedo sobre la bioseguridad? ¿Y qué ha ocurrido en estos dos últimos años para que nos resulte tan difícil dilucidarlo?

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